Fin de sexenio
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Fin de sexenio

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Fin de sexenio

18/05/2018

Uno. No pocas debacles sexenales me han tocado, de hecho todas las últimas a partir del fin del díazordacismo. El de Luis Echeverría mostró, sin duda que valiera, su desquiciamiento. Ahí suelo fijar el origen de ese mal crónico, invasivo y letal que llamo insuficiencia presidencial.

Dos. La cosa no mejoró con el tránsito de López Portillo al delamadrismo. Me encontraba yo en Managua, agregado cultural, cuando el anuncio sacado de la manga de la nacionalización de la banca. Paso que en juego apocalíptico al que soy propenso, había minutos antes augurado. Hay testigos.

Tres. Juego apocalíptico que, en el México de 1970 en adelante, más parece ejercicio de desnudo realismo que otra cosa.

Cuatro. Al régimen de Carlos Salinas le seguimos debiendo la crónica sociológica que se merece, con lo suyo de crónica circense, por la obra de prestidigitación, y de crónica policial por la serie de asesinatos políticos que inaugura el de Lomas Taurinas.

Cinco. Un Primer Mundo de Modernidades que desemboca en caos, a costa de una post Revolución Mexicana que termina en Des-instauración.

Seis. Y una guerrilla que llevó a Carlos Fuentes a afiliarla en su morfología a un tocayo, pero no Carlos Marx sino Carlos Monsiváis.

Siete. Levantado sobre el cadáver de Donaldo Colosio, entre las rabietas de Manuel Camacho, sólo comparables cuando ocurren a las de Andrés Manuel López Obrador, al méxico-norteamericano (más lo segundo que lo primero) Ernesto Zedillo, su desiderátum se ofreció sencillo.

Ocho. Que la guerrilla neozapatista se plegara a su ámbito local, sin desdoro del jalón turístico revolucionario internacional (aquel encuentro nocturno de la esposa de Mitterrand y el sub comandante y sub poeta galopando en un caballo color de luna).

Nueve. Que la macroeconomía se mantuviera a raya (y la micro como Dios le diera a entender, “error de diciembre” incluido).

Diez. Y que el PRI perdiera la elección presidencial, lo que a Zedillo le ganó votos entre los “head hunters” gringos (¿o como se explica usted que, saltándose las trancas del entonces IFE, anunciara el ascenso de Vicente Fox?).

Once. A los finales de los dos sexenios panistas (hasta ahora), primitivos, un tanto cerriles, les va como anillo al dedo la leyenda “Sin comentarios”. Y para que no se olviden, ahí están el Rancho de San Francisco del Rincón, primer éxito empresarial de don Vicente (ya era hora), la Estela de Luz y la inconsulta, falta de preparación y estrategia, “guerra al narco”.

Doce. Guerra al narco que no la ganó legitimidad al presidente (nos hubiéramos quedado con el “haiga sido como haiga sido”), pero a la que debemos la actual bipolaridad nacional: un Estado fallido al que le va ganando terreno el delincuencial, salpicando el proceso electoral.

Doce. Pero lo que si me tomó por sorpresa, fue toparme días atrás, en un puesto de periódicos, justo en la esquina de Cedro e Insurgentes, con fines creo más comerciales que de salud pública, de una colección absolutamente inopinada.

Trece. Una casa editora y una revista semanal, se lanzan a la aventura de publicar quincenalmente la colección ESTAMPAS DE UN SEXENIO FALLIDO. Los casos más indignantes del gobierno de Enrique Peña Nieto. Piedra de toque: La Casa Blanca de Peña Nieto, o “la historia que cimbró un gobierno”

Catorce. Frente a este rimero, en ejercicio académico quedan los formidables cuadernos que don Daniel Cosío Villegas dedicara al delirio echeverrista, y publicados, sonoro campanazo, por Joaquín Mortiz. Inmisericorde se anuncia ya la “lectura” del actual régimen, que pasó del “Saving Mexico” a la impopularidad y el “sospechosismo”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.