España encapotada
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España encapotada

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España encapotada

11/05/2018

Uno. Frente a la tenebrosa perspectiva de un franquismo sin Franco, grandes expectativas (y esperanzas) despertó el rumbo que, a partir de 1975, tomó España (en México se hacía incontestable el pírrico echeverrismo, origen del mal de la Insuficiencia Presidencial).

Dos. España después de Franco. Una clase política dispuesta a la lotería democrática de Alternancia y Transición; un contexto exterior, el de la Comunidad Europea, en pleno ascenso; y una disposición general, de gobernantes y gobernados, a una larga “pausa” de la memoria histórica.

Tres. Y el estreno de una Carta Magna que amén de reconocer la ancestral vena monárquica, revivía, resarcía, conquistas republicanas y consagraba el Todo de la bendita Diversidad.

Cuatro. Sobresaliente fue la profundización de los puntos ganados sin concesiones a la aceda Dictadura; en las letras, la cinematografía y la pintura; en la prensa; en sectores sociales de avanzada.

Cinco. Y propicia resultaba la cosecha de la resistencia tenaz del Partido Socialista Obrero Español y del Partido Comunista Español (proletariado con cabeza a diferencia del nuestro, cabeza sin proletariado).

Seis. En vez de continuidad represiva con todo y sus leves toques de modernidad: franco y abierto futuro nacional (y vaya si importa que a una Nación le nazca, sobre todo en crisis o peor aún en decadencia, lo porvenir promisorio).

Siete. Con su costo, sí, qué le vamos a hacer. La mencionada “pausa” en el discurso memorial. En la construcción del futuro, en reserva por largo tiempo quedaban: “Dictablanda”, Segunda República, Guerra Civil, Exilio, vengativo franquismo represor (que vaya si duró: 1936-1975).

Ocho. Capítulo especial lo fue el de las relaciones con las antiguas Posesiones de Ultramar. En buena y en mala onda. La buena de una equidistancia de iguales, pares. La mala de una especie de Ministerio de Colonias (por demás notorio en el campo de la lengua).

Nueve. Recuerdo el retintín en no pocos, por revestir, el conjunto de la colaboración y de la inversión españolas, una especie de Reconquista de América.

Diez. Yo me hallaba en Madrid durante los prolegómenos del Quinto Centenario del descubrimiento y conquista, trasmutado diplomáticamente en Encuentro de dos civilizaciones. Lamento haber extraviado la propaganda oficial del acontecimiento.

Once. Literatura de un Destino Manifiesto.

Doce. Oferta impresionante, inagotable. Adopción restauradora de edificios históricos americanos, de ciudades incluso. Patronazgo de radiodifusoras indígenas. Colecciones de libros, ediciones facsimilares. Caminos, puentes, aperos de labranza. Etcétera, etcétera, etcétera.

Trece. Dura, desalentadora, deviene la comparación de aquellos años con este 2018.

Catorce. Corrupción e irresponsabilidad política corrieron a la par. El proyecto europeo, por su parte, se desinfló. Estalló finalmente la memoria histórica. Oportunismo e inepcia embrollaron la causa catalana. Y, por si algo faltara, la disolución unilateral de ETA (¿estratagema? ¿paso con huarache? ¿distracción táctica?), termina por encapotar el cielo ibérico.

Quince. Disculpas, ¿pero y nosotros, México? ¿No damos también grima, de qué hablar? ¿Madeja de la que tirar listones a porrillo?

Dieciséis. Lástima grande que no ha prosperado la idea de un Seminario México-España, permanente y multidisciplinario. Diálogo que iluminaría esta mutua, enrevesada, hora tras atlántica.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.