Escritores en problemas
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Escritores en problemas

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Escritores en problemas

08/06/2018

A Rolando Morales

Uno. En los basurales del tiempo se pudre la edad dorada en la que al escritor lo movía la Literatura (así, con mayúscula), al editor el riesgo y la complicidad estéticos, a la crítica el “fair play” del encomio o del reparo, al lector la trascendencia libertaria de la lectura y a la sociedad en general una mínima cultura libresca.

Dos. La reciente muerte, aquí, de Sergio Pitol, y en Estados Unidos de Tom Wolfe y Philip Roth, parece plantear tanto la pregunta: “¿Por quién doblan las campanas?”, como la respuesta: “Por la Literatura”.

Tres. Hora, en cambio, de las corporaciones trasnacionales. Ramificadas, pongo un ejemplo entre otros, en Velatorios, Cruceros, Lencería Femenina y Publicaciones (revistas del corazón, historietas y libros).

Cuatro. Imaginemos su Día D. Aquel en el que cada CEO informa al “board” el estado anual de ventas, comparadas entre las cuatro divisiones. Al que reporte el más alto índice de ganancias netas, descontados los gastos de operación, entre ellos mayúsculo el rubro de publicidad, se le compensará con felicitaciones y bonos.

Cinco. No así al que reporte números rojos. Resolución: el despido. Impecable, impía la consigna: “¡No lo que se venda, que se venda!”. Si se trata de Publicaciones, se da paso al segundo a bordo.

Seis. Aunque cabe la posibilidad de una decisión audaz. Que por sus incuestionables méritos, al CEO Máximo Vendedor del Año, el de Pompas Fúnebres, el de la Agencia de Cruceros o el de Ropa Interior Femenina, se le traslade, para sacarla a flote, a la División Publicaciones, la de más bajas ventas. Qué importa que en su vida haya editado un libro. Vaya, que ni siquiera lea.

Ocho. Si esto ocurre, puede darse por hecho que el primer CEO lanzará una Colección de Obituarios Famosos, el segundo una de Testimonios de Turistas Marinos por las aguas del Mediterráneo o de Alaska, y que el tercero apostará a portadas ligeras de “Camisa”.

Nueve. ¿Bromeo? ¿Caricaturizo? Me temo que no. Y si así andan las cosas con los editores, segundos padres (algunos padrastros) de los escritores, ¿qué caminos les queda a estos para poder ver su poesía o su narrativa circulando?

Diez. Parece que caminos extraliterarios. Un cargo público de resonancia, un “Padrino” de irrefutable peso, un premeditado escándalo que lo sitúe mercancía apetecible. Por ejemplo.

Once. Otra ocasión me detendré en la carrera de obstáculos que esperan al escritor y a su obra. Porque no basta conseguir editor, por los medios que sean.

Doce. Le esperan Mesas de Novedades sometidas a un sistema despiadado de exacción, con utilidades que sobrepasan el 80 por ciento. Y si el libro no se “realiza” en 24 horas, va para fuera.

Trece. Le espera una “crítica” de cuates, o de toma y daca, o de compromisos. Esto en una práctica mil usos, donde el crítico es asimismo editor, postulante de becas, jurado de premios.

Catorce. Le espera un lectorado pero de mensajes, de “memes”. Falsa libertad por donde se le vea.

Quince. Le espera una sociedad que ha dejado de conectar la Literatura con el cultivo de lo Humano, las Humanidades. Y créame que no por culpa de estructuralismos, pos estructuralismos, condición pos moderna y demás modas intelectuales rebasadas. No sólo por eso.

Dieciséis. “¿Qué hacer?”, se preguntó Lenin en momento clave para la toma del Palacio de Invierno, del Poder.

Diecisiete. Sugiero, desde luego a costa de la zona de confort de Escritor por Un Día y demás Espejismos (“espejitos”) que el escritor se empodere (espantosa palabreja) de los procesos de creación (sin concesiones) y edición y, saltándose a críticos y libreros, construya su propio público. Red, redes. Pequeñas al principio. La familia, los cuates, los vecinos, los que caigan.

Dieciocho. ¿Pero, acaso, no hay una diferencia de fondo, entre un puñado de lectores, con nombre y apellido, y una muchedumbre anónima que, lo más seguro, fruto de la publicidad, compra pero no lee lo que compra?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.