El juglar Juan José Arreola
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El juglar Juan José Arreola

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El juglar Juan José Arreola

04/05/2018

Uno. No se insiste demasiado en la historia que nimba a ciertos libros. Tal es el caso de El último juglar, las memorias que Orso Arreola, hizo escribir(se) a su señor padre Juan José Arreola. Lo leí, en su primera edición, bajo el sello de Diana. Acabo de toparme con la tercera edición, segunda de la casa Jus.

Dos. Una larga, “larga y accidentada” conversación de los dos Arreola lo sostiene. Amén de documentos (cartas, fotografías, portadas, programas) procedentes del archivo personal del fundador y primer director de Casa del Lago. Añádanse los recuerdos que, de bote pronto, iluminan a su permanente sombra: el olvido.

Tres. Conocí a Juan José en su plenitud, y a Orso niño. Merced a Juan José, no obstante ser mi maestro de Declamación en la Escuela de Arte Dramático del INBA, dejé el teatro (si algún día lo dejé) en aras de la escritura. Ordalía cumplida en su taller literario Mester, de Río de la Plata.

Cuatro. Soy de la idea de que, ante la multimillonaria (en un país más de su mitad pobre), insultante, pero en ideas indigente campaña electoral, a la que le faltan no pocas semanas eternas, cabe tomar medidas precautorias. Equipo alpino, rompe-palabras chatarra.

Cinco. Por ejemplo, le recomiendo al lector de El Financiero, hacerse de Obras de Juan José Arreola, prólogo y selección de Saúl Yurkiévich, publicadas por el Fondo de Cultura Económica, y del ya citado El último juglar, coautoría de padre e hijo.

Seis. No faltan (no podían faltar) en la antología, los grandes momentos del fabulista, cuentista, poeta, autor acerado de aforismos y sentencias, dramaturgo e incluso novelista. Su Confabulario y Bestiario, su Hora de todos, su Prosodia, su La Feria.

Siete. En El último juglar todavía alcanzó Juan José a puntualizar, entre otros aspectos, lo siguiente: “El libro es de Orso pero también mío; lo hicimos entre los dos”. Formidable es la selección fotográfica.

Ocho. Podría extenderme en los recuerdos del trato con Arreola y su familia en su departamento, en la Escuela de Arte Dramático, en el taller Mester. O en anécdotas como la de aquel homenaje oficial, en la Manuel M. Ponce, en el que le atribuí deliberadamente el invento de la Primera Procuraduría del Lector. Defensoría frente a escritores y autores reos de rentabilidad voraz.

Nueve. Y eso que a la sazón, el escritor de éxito (a nuestra escala) no tenía que hacerle al “stand up” para seguir vendiendo.

Diez. Prefiero, sin embargo, detenerme en una asignatura pendiente, que el libro de Orso (y de José Juan) pone al rojo vivo. Hablo del particular estudio, generacional y transgeneracional, que debemos al grupo Jalisco. Todo él migrado a la Ciudad de México.

Once. Imponente nómina. Agustín Yáñez, José Luis Martínez, Emmanuel Carballo, Antonio Alatorre, Juan Rulfo… Arreola. Nómina a la que se agrega el nayarita Alí Chumacero.

Doce. En no escasos capítulos de la cultura mexicana de la segunda parte del siglo pasado (si es que ya pasó) resuena el Grupo Jalisco.

Trece. Este 2018 se cumple el primer centenario del nacimiento de Juan José Arreola, en Zapotlán, su “novia más difícil del olvidar”.

Catorce. ¡Qué la memoria no me falle! De Juan José Arreola es este aforismo: “La mujer adopta la forma del sueño que la contiene”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.