Conclusiones (y moraleja)
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Conclusiones (y moraleja)

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Conclusiones (y moraleja)

06/07/2018

Uno. A lo largo de una semana, del 18 al 22 de junio, y en diversas mesas simultáneas, tuvo lugar el Primer Congreso Internacional de Literatura Mexicana. Siglos XIX y XX (Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM). Pleno éxito.

Dos. Siglos XIX y XX: los de México Independiente y su cauda de emancipaciones, de la político- jurídica de 1821, a la social profunda de la Revolución Mexicana. Complejo proceso (hoy por hoy bastante 'desnorteado') que incluye la emancipación de las letras en 1889, la de la pintura en 1906 y la de la cultura en 1909.

Tres. Programación, la del Congreso, por demanda. A partir de trazos generales, los conferencistas eligieron motu proprio el contenido de sus intervenciones.

Cuatro. Sorprende, a todas luces, el resultado: anticanónico. Quiero decir contrario al canon académico dominante que se esmera en lo consabido. Nombres y episodios de cajón.

Cinco. Trillado por obvio, y de alguna manera fruto de la Guerra Sucia Electoral pos 68, que aparejó la lucha de facciones (por prestigio, poder y recursos), y la 'desaparición (del imaginario social y de los planes de investigación) de los escritores políticamente incorrectos.

Seis. Larga lista irredenta en la que sobresalen, paradójicamente, no pocos de nuestros autores axiales, del todo 'encobijados' si no fuera por sus efemérides: Guzmán, Novo, Torres Bodet, Yáñez, Usugli, Magdaleno, Solana, Garro, Spota (ya fuera del canon estaban Peza, Flores, Othón, Gamboa y un largo etcétera).

Siete. El más superficial vistazo del programa cumplido con creces, revela la insurgencia de figuras, movimientos, revistas olvidadas, preteridos, 'ninguneados'. Rescates nacionales, regionales y parroquiales, parece haber sido la divisa del congreso.

Ocho. Figuras como Tirso Rafael Córdoba, movimientos como la literatura sudcaliforniana del siglo XX, revistas como Mexico Folkway.

Nueve. No escasa fue sorpresa, ejecución a cargo del Quinteto de Manuel González, de la exhumación del compositor Rubén Salazar Torres, si no a la altura de Cárdenas y Palmerín, sí en su registro.

Diez. Entre las evidentes conclusiones, conjeturo dos: el obligado y vital incremento de la ediciones críticas de autores cuya obra permanece aherrojada en hemerotecas, públicas o privadas; y la factura de la historia (historias si se prefiere) de la literatura mexicana. Asignatura esta última, por desgracia todavía pendiente.

Once. La lección, la enseñanza o moraleja advertida, radica en la necesaria inserción de las referidas conclusiones en la agenda de las condiciones y problemas nacionales, una de las razones de ser, y distinguirse, de la UNAM. En el conjunto de instituciones hermanas mexicanas y extranjeras.

Doce. Conjeturo también que aquí cabe un antecedente. El cuestionario que realizáramos, hace lustros, sobre el estado de arte de la investigación filológica en general y humanista en particular. Encuesta cuya metodología y respuestas recojo en el libro La Universidad en la calle y a la que también dieron respuesta algunos integrantes del campo de la investigación científica.

Trece. Al igual que en el pasado, suelo conversar con viejos amigos pumas, sobre la UNAM, que llamo “institución sin sosiego”.

Catorce. Tema recurrente es el necesario examen crítico de la susodicha agenda de condiciones y problemas nacionales. Máxime en un México de convulsiones y desorientaciones como el actual, en el que sus obras de cultura toda, de la artesanía a la reflexión, y en el que la literatura enciende sus lumbres, fungen como expresiones de persistente resistencia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.