Opinión

Feminismo, una negociación personal

   
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Feminismo: una negociación personal

Ser mujer es una negociación cotidiana y lejana de la visión inamovible sobre lo que debe amarse y odiarse del mundo; aquello por lo que se da la vida, lo que produce enojo, indiferencia, indignación o admiración. Una construcción permanente.

Ella resuelve: gana dinero, organiza una casa, da mantenimiento a un auto, consuela, desea, cocina, taladra, cambia llantas, lidia
–malabarea– torpemente con cien cosas.

Cualquiera diría que puede con eso y más. En lo privado, siente una extraña crisis de identidad gremial: ni aspira a ser una radiante y conforme madre y ama de casa, ni tampoco participa en una cruzada en contra del matrimonio heterosexual. Siente rabia automática frente a la frivolidad de las muy preocupadas por sus uñas y sus tacones, pero se reconoce intolerante; sabe que sentirse pensante y creerlas tontas no construye y sí divide. Lo piensa dos veces y entiende que todas tienen el derecho de librar sus batallas como les dé la gana. Que dentro de cada una se gestan preguntas distintas sobre lo que significa ser mujer en un mundo históricamente dominado por hombres.
Para ella, ser mujer es una oportunidad para pensar en quién prefiere ser, sin convertirse en un estereotipo o representación teatralizada sobre la lucha por la libertad y la igualdad.

No debería tener que justificar su gusto por las cosas materiales (¿que han contribuido a la cosificación de las mujeres?) o su debilidad por las canciones-himno al corazón roto cuya protagonista es una mujer que sufre por el amor de un hombre.

Muy en el fondo quiere que alguien la domine en ciertos contextos, si se siente querida y segura. Que le lleve la delantera. Que la aconseje y le diga lo que tiene que hacer. Y no por ello se siente menos inteligente, ni víctima del patriarcado, ni una traidora de la causa feminista.

“La crisis del mal feminismo es peor de lo que piensas”, escribió Andi Zeisler, cofundadora de Bitch Media, quien ha reflexionado sobre feminismo y cultura popular desde hace 18 años.

¿Pueden ser feministas las editoras de belleza? ¿Puede una mujer anhelar casarse y pasarse semanas organizando una boda con damas vestidas de rosa y ser una feminista? ¿Puede una feminista querer ser madre y vivir en paz horneando los domingos? Basta que alguien quiera llamarse feminista para que lo haga, dice Zeisler. Los límites están claros y son de sentido común: quien no crea en la libertad de las mujeres para elegir la vida que quieren, para administrar su cuerpo de acuerdo a sus valores personales, no puede ser considerada una feminista; sin embargo, que haya una “policía” encargada de desprestigiar a las feministas “malas” o a atacar a quienes consideren una deshonra para el movimiento, también es lamentable.

¿Debería una mujer disculparse todo el tiempo por no corresponder a ningún estereotipo? ¿Vemos a los hombres disculpándose, por ejemplo, por ser fanáticos del futbol y ser intelectuales al mismo tiempo? No, prácticamente nunca.

Si le gusta maquillarse, si compra revistas de moda, si disfruta estar en casa, si se parece en algunos sentidos a su madre o a su abuela, pero cree en la libertad radical de una mujer para elegir la vida que quiera, puede dejar de disculparse por pensar como piensa, por estar llena de contradicciones y por vivir como vive.

Quienes crean tener el derecho de patrullar las redes sociales, los blogs, los programas, los libros, las revistas... para detectar al feminismo malo, deberían preguntarse si ése es el camino para fortalecer un ideal o una estrategia que vuelve odioso al movimiento, que entiende a la persecución como el único camino para no ser perseguidas.

Vive pequeñas y grandes negociaciones con el sistema patriarcal todo el tiempo. Acepta que ha internalizado su vida, sus decisiones y su forma de ser, en términos de correcto/incorrecto; válido/inválido; valioso/carente de valor. Ésa es la única causa de su rebelión privada.
Tener hijos o no, cómo vestirse, cómo relacionarse con hombres y mujeres, cómo amar, cómo ejercer su sexualidad, cómo apoderarse del derecho a decir sí o no sin miedo a las consecuencias domésticas, afectivas o laborales. Su lucha personal es intentar vivir libre de juicio, interno y externo.

Bodas feministas, porno feminista, poesía feminista, literatura feminista, formas feministas de entender y practicar la vida sexual, cortes de pelo, gustos musicales y cinematográficos feministas: triste coctel del estereotipo aniquilante; el despropósito de la escenificación como grito
-comprensible- después del silencio.

Quizá sólo se trata de dejarse de justificar, por miedo a que la confundan con las detractoras de la libertad y la igualdad que merecen, absolutamente,todas las mujeres.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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