Opinión

Félix González-Torres

  
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Félix González-Torres.

Para festejar el reciente Día del Amor y la Amistad, me gustaría hablar sobre uno de los artistas más importantes de finales de la década de los 80 y principio de los 90: Félix González-Torres.

Nació en 1957 en Guáimaro, Cuba, inmigró vía Puerto Rico a los Estados Unidos de América en 1979, vivió y trabajó en Nueva York y murió en 1996, en Miami. Su carrera, de aproximadamente una década, encontró pronto un lugar dentro del arte contemporáneo, como uno de los cuerpos de obra más innovadores del momento.

A pesar de pensarse a sí mismo como heredero de prácticas consideradas racionales, como el minimalismo y el arte conceptual, del cual nutre su quehacer y le sirve de base para la realización de sus obras, es en realidad a través de la introducción de lo autobiográfico, de las emociones y de la belleza formal, que González-Torres crea un nuevo lenguaje en el campo del arte contemporáneo, es a través de estos elementos que entramos en diálogo con su trabajo (fotografía
e instalación).

Los tiempos del amor
Félix González-Torres. Untitled (Perfect Lovers). 1991. Clocks, paint on wall. The Museum of Modern Art, New York. Gift of the Dannheisser Foundation © The Felix Gonzalez-Torres Foundation, New York.

Utilizando siempre objetos cotidianos, es decir ready mades, es que Félix Gonzalez-Torres crea sus obras relojes, focos, cortinas de cuentas, espectaculares posters, dulces que, colocados en el espacio, se transforman en meditaciones sobre el amor, la pérdida, la presencia, la huella y la ausencia. Estas piezas entran en contacto directo con el espectador, invitan a la participación: el espectador es invitado a comer un dulce, llevarse un póster, atravesar una cortina, y así, de manera simbólica el cuerpo del artista roza o penetra el cuerpo del espectador. La experiencia de la obra no sólo es visual, sino táctil, gustativa; experiencias sutiles que continúan aún fuera del espacio de exhibición.

Untitled (Perfect Lovers) / Sin título (amantes perfectos), de 1991, muestra dos relojes de pared colgados uno al lado del otro. En un principio marcan la misma hora, sin embargo, conforme las baterías se van degastando, los relojes se van desfasando cada vez más.

Alguna vez el mismo Félix González-Torres dijo: “Es acerca de ver, no sólo mirar. Ver lo que está ahí”. ¿Advertir lo que no es tan evidente?

Partiendo de una experiencia íntima, Félix González-Torres construye un enunciado universal de una sutileza conmovedora. En este caso, lo hace para hablar de la afinidad homosexual, del compañerismo, de la experiencia del amor, del estar, compartir un tiempo con alguien; aunque el desfase sea inevitable, el mismo tiempo reúne lo que separó.

Lo que también hace pensar en la muerte y la principal preocupación social de ese momento: el sida. Muchas de sus obras eran homenajes a Ross Laycock, su compañero de vida, quien murió en 1991 a causa de esta enfermedad. Sigue sorprendiendo la naturalidad y sutileza con la que nos comparte su dolor, para desde ahí, desde esa empatía que la belleza y la elegancia de la forma provocaron, recordarnos que el amor es una experiencia humana.

El arte feminista lo dijo ya hace mucho tiempo: lo personal es político. Me gustaría cerrar con una cita de la escritora y activista feminista Bell Hooks, de su libro All About Love: New Visions, publicado en 2001 por Perennial, Harper Collins Publishers, Nueva York, que dice: “Para conocer el amor tenemos que invertir tiempo, comprometernos (… ) soñar que el amor nos va a salvar, que solucionará todos nuestros problemas o que nos va a proveer de un estado de felicidad o seguridad permanente únicamente nos mantiene aferrados a una ilusión fantasiosa, minando el poder real del amor, que es transformarnos”.

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