Opinión

Felipe Calderón, ese tránsfuga de sí mismo

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El expresidente Felipe Calderón visitó Venezuela. (Reuters)

En el intercambio de cartas que la semana pasada protagonizaron Juan Molinar Horcasitas y Felipe Calderón Hinojosa, ambos revelan información que ayuda a entender la génesis del mal que ha llevado al PAN a ser un partido muy distinto al que fue. Un PAN que ahora disgusta al michoacano, pero que es producto en buena medida de la manera en que él trató al partido desde Los Pinos.

Dejemos de lado los reproches expuestos en sus misivas por Molinar y Calderón (los amigos se vuelven los peores enemigos, diría Frank Underwood), allá ellos y sus impulsos exhibicionistas.

Lo relevante del episodio es que se muestra cómo operaba en el calderonismo la relación del gobierno hacia el partido, una mecánica que según algunos fue ideada, desde la precampaña presidencial de 2005, por el fallecido Juan Camilo Mouriño. Una que sin pudor usó al gobierno para premiar favores realizados en las pugnas al interior del partido. Es decir, algo que la ortodoxia panista habría reprobado sin miramientos.

Calderón dice en su carta que en Molinar surge la amargura principalmente luego de que le pidiera su renuncia a la secretaría de Comunicaciones y Transportes. ¿Cuándo ocurrió tal cosa? ¿Cuando se demandaba que Molinar fuera separado del cargo para garantizar una investigación cabal sobre su actuación como director del IMSS en los tiempos en que debió supervisarse la Guardería ABC? No, para nada.
Aunque ya había trascendido, ahora sabemos por boca propia que Calderón corrió a su colaborador como castigo por haber apoyado a Gustavo Madero.

“Tenías amargura, tristeza y preocupación cuando fuiste víctima de las peores ignominias. Sabes que de todas ellas te defendí, aún (sic) a costa mía. Pero sí, la tuviste desde el día en que pedí tu renuncia”, dice el expresidente en su texto del 28 de enero. A las pocas horas, tendría la respuesta de Molinar: “Yo apoyé muy activamente a Madero, tú te opusiste a él. Por eso mi salida del gobierno, un mes después que Madero fue electo Presidente del PAN, era lo más conveniente y así lo acordamos”.

Si un colaborador del presidente Peña Nieto es descubierto llevándole las contras al mexiquense seguramente pagará por ello. Esperar algo distinto de la clásica relación PRI-Gobierno es ingenuo. Pero se suponía que los panistas eran contrarios a la manera corporativista del tricolor… hasta que llegó Calderón a la presidencia y desde ahí capturó al partido: depuso a Manuel Espino, puso a Germán Martínez y luego de éste a César Nava.

En su carta Calderón añora un PAN que ya no existe, el de su padre, el de sus inicios, el de sus discursos. Incluso añora un grupo –los calderonistas— que también ha desaparecido.

Quizá era inevitable que el acceso al poder terminaría por disipar el aura de inmaculados que algunos blanquiazules reclamaban para sí mismos. Empero, Calderón haría bien en aplicarse un tantito del rigor intelectual que le exige a Molinar. El dotar de chambas a colaboradores y amigos de la causa felipista ha carcomido al PAN, partido que ahora responde a esos estímulos. Hoy las ricachonas manos de gobernadores y líderes legislativos, operadores estos de Madero, mecen la cuna de la militancia.

Es paradójico que mientras más posibilidades tiene de ser revalorado (los peñistas lo hacen tan mal que en contraste crecen los bonos del anterior gobierno federal), Calderón sea incapaz de resistir la tentación de autosabotearse con cartas como las de la semana pasada.

No entiende que el PAN de ahora lo dejó a él en parte porque desde Los Pinos él traicionó al PAN de antes.

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