Opinión

Fe en Fidel

   
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Fidel Castro. (Cuartoscuro)

Ya usted sabe que Fidel murió el viernes pasado. Y ya habrá visto cantidad de textos y opiniones al respecto. A mí lo que me parece más interesante es la gran cantidad de personas que no pueden llamar a Fidel por lo que fue: un dictador. Menosprecian u ocultan esa faceta magnificando otras: su personalidad histórica, su lucha antiimperialista, los avances de Cuba en salud, educación, deporte o cultura. Al hacerlo, suponen que estas características compensan, o incluso eclipsan su megalomanía y autoritarismo. O peor, la tragedia humana que produjo.

Pero lo único que logran, en realidad, es evidenciar su fe. Nadie puede negar el impacto que tuvo Fidel en la historia, en tanto que convirtió a Cuba en la esquina occidental de la Guerra Fría, que por poco no convirtió él mismo en caliente, durante la crisis de los misiles en la que exigió a Kruschev no sólo instalarlos, sino usarlos, sin importar si eso borraba a la isla del mapa. Elogiar la personalidad histórica de Fidel es similar a hacerlo con Stalin, Mao, o de plano Hitler. Claro que cambiaron la historia, ¿y?

Las grandes loas de siempre han sido a los avances en educación, salud, deporte y cultura. Casi nadie recuerda que Cuba realmente se alfabetizó en la década de los 30, y que antes de la Revolución era uno de los países con mejores indicadores de educación y salud de América Latina. Después, sabemos poco, porque escasean los datos. Cualquier comparación debe considerar que Cuba era uno de los países más avanzados de América Latina antes de la Revolución.

El argumento antiimperialista no es sino la actualización del viejo resentimiento latinoamericano, descrito por primera vez por José Enrique Rodó hace 116 años (Ariel), pero ciertamente anticipado por Martí de forma más breve. Durante el siglo XX la política en América Latina se hizo siempre contra Estados Unidos, fuese de izquierda o derecha, de forma que si alguien podía detener a los gringos, aunque fuese inclinándose ante los soviéticos, ganaba su sitio en el panteón latinoamericano. Y con eso se podían borrar los muertos que fuesen: directos, como en Bolivia o Angola (hablando de imperialismo); o indirectos, como las decenas de grupos de imitadores que acabaron pavimentando el camino a las dictaduras militares.

Sin duda alguna, recordar a Fidel como una figura histórica, que enfrentó a Estados Unidos y dio a los cubanos educación y salud no es otra cosa que apelar, con fe de carbonero, a un experimento social que costó millones de muertes en el siglo XX sin nada a cambio, pero que sigue siendo la religión de quienes rechazan el viejo y nuevo liberalismo. Ese experimento inició en 1917 y terminó en 1989, y fue un fracaso rotundo, porque no podía ser de otra forma. Las religiones brindan consuelo, pero no comida, ni libertad o independencia. La religión del comunismo, y su secta latinoamericana, pueden consolar a miles de intelectuales, profesores, escritores, artistas, y algunos más, pero sus únicos frutos han sido miseria y falta de libertad.

La secta local se ha definido, decía, en el espejo estadounidense. Por más de un siglo ésa ha sido la referencia de la izquierda latinoamericana (que incluye el Nacionalismo Revolucionario y sus partidos: PRI, PRD, Morena, etcétera): unos diciendo que Estados Unidos es el factótum interno; otros, que es la amenaza externa. El antiliberalismo latinoamericano nos ha impedido avanzar por más de un siglo. La fe en Fidel es una gran muestra de ello.

El desarrollo de verdad empezará cuando nos definamos por nosotros mismos, y no en referencia al demonio externo, o al pastor iluminado. No antes.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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