Opinión

Fantasmas

    
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Fantasmas (Shutterstock)

Hans Loewald nació en 1906 y quedó huérfano de padre unos meses después. Su madre, pianista profesional, procesó en parte el duelo por la pérdida de su esposo tocando a Beethoven, siempre cuidadosa de colocar la cuna del pequeño Hans muy cerca de ella. No deja de llamar la atención que uno de los conceptos psicoanalíticos que más han trascendido del trabajo de Loewald sea sobre la salud psíquica que se recupera cuando alguien es capaz de convertir a los fantasmas en ancestros (la huella de la biografía en la teoría). Un huérfano de padre es nada menos quien elabora sobre la idea de los fantasmas, su influencia inconsciente y la relevancia de “enterrarlos” y convertirlos en ancestros: herencia, antepasados, historia, raíces; pero no destino fatal que marca, persigue y define el presente y el futuro.

Algunos pacientes cuentan su historia como si no estuvieran hablando de sí mismos: Distanciados en el afecto del contenido de la narración, sufren toda clase de olvidos sobre su biografía, suelen describirse como huérfanos de padre y madre (en lo simbólico) o describen con frialdad la crueldad, la distancia y la intermitencia de personajes que deberían haber sido sólidos, predecibles y confiables.

Hablar del sí mismo como si se tratara de alguien más es síntoma de trauma, es decir, de un evento del pasado que en el presente sigue doliendo tanto, asustando tanto o enojando tanto, que es preferible bloquear el recuerdo y la emoción asociada al recuerdo.

Superar el trauma es ser capaces de recordar la historia personal, volver a ella y narrarla, no como un regreso absurdo al dolor, sino como la posibilidad que no se tuvo de niño de contar con un testigo, alguien que hubiera podido comprender la soledad, el miedo o la rabia. El terapeuta es, desde este encuadre, el testigo externo del trauma que todos vivimos en mayor o menor grado durante el desarrollo. La utilidad del relato es poder convertir el miedo en tristeza gracias a la empatía y a la humanidad de otro que escucha y acompaña desde cerca, que siente y se conmueve con lo que le es confiado.

Mucho se dice, y jamás será suficiente, que es necesario reescribir la biografía, enfrentando los anhelos que nunca serán saciados, contando lo triste como triste pero con una puerta abierta a la esperanza. En la terapia no se inventa una nueva historia, pero sí se escribe otra que incorpora la siguiente pregunta: ¿Qué hubiera necesitado el niño de 10 años? ¿Qué le hizo falta? ¿Un padre más fuerte, una madre menos triste, más juego, menos preocupaciones, más compañía, contacto físico, comprensión, estabilidad? El terapeuta es testigo y acompañante del relato pero sobre todo de los sentimientos que dan intención a las palabras, imágenes y al lenguaje corporal.

El testigo del trauma es un interlocutor imaginario en la obra de teatro del pasado y colabora en esclarecerlo. El paciente y el terapeuta son coautores de una historia en la que está permitido sentir, reacomodar, enterrar a los muertos, guardar a los fantasmas y aprender a relacionarse diferente con los eventos dolorosos.

Lo que nos impide enfrentar el trauma es la creencia de que recordar será peor y solo servirá para remover las ruinas del sufrimiento. También se le llama resistencia: todos los esfuerzos que hacemos para no sentarnos en paz a comprender mejor quiénes somos, a recordar, escribir, relatar y sentir; sentir no solamente las heridas individuales sino reconocer las fracturas que sufrieron nuestras relaciones con los demás.

Los fantasmas seguirán siendo recordatorios de trauma mientras no puedan ser desactivados y puestos a “descansar”. El dolor no es lo patológico; lo que hace que dure más de lo necesario, es la falta de receptividad y sintonía de los otros involucrados.

Sanar no es negar la existencia de los fantasmas, sino encontrarles un lugar para que no ensombrezcan la vida.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

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