Opinión

Fábula blanquiazul
del invierno capitalino

Érase que se era un momento muy singular en el Reino Capital. Ocurrió que un diputado que casi nadie conocía de repente se volvió famoso. En aquellos tiempos estaban de moda algo llamado las redes sociales. Y a través de ellas, y de la prensa más convencional, los habitantes de aquel lugar también conocido como Chilangolandia supieron que ese legislador, que se vestía siempre de azul y blanco, había sido cachado negociando por teléfono moches de supuestos contratos.

Se armó el escándalo. Borjín, que así se llamaba el diputado, negó los hechos como Pedro a Cristo. Mientras más lo negaba, más lo acusaba la tribuna, no sólo de corrupto sino también de cínico. En prenda de su palabra, el legislador fue a palacio y ofreció pedir licencia para que la corte de Donceles revisara su caso. La furia popular amainó un poco. Pero viendo que no tendría lo que él consideraba un juicio justo, que incluso las filas de los azules habían decidido negarle el derecho a una debida defensa, Borjín regresó a la asamblea y se aferró a su fuero, provocando aún más la furia del respetable.

Las semanas pasaron y se pensaba que el caso de Borjín se extraviaría en el amplísimo bodegón de los casos no resueltos, que en aquel reino eran un titipuchal. Uno de esos casos, por ejemplo, era el de un diputado amarillo que había sido cachado pidiendo sexo a cambio de una plaza laboral; cuando surgió el respectivo video hubo gritos y sombrerazos pero al final, ahí en Donceles, ese legislador siguió tan campante. Así las cosas en aquel reino dizque de izquierda.

Pero los adversarios de Borjín tenían otros planes. Poco tiempo después, la prensa y las redes sociales presentaron de nuevo un audio donde se escuchaba al diputado tratar de feísima forma a una mujer, que resultó su esposa, a la que reclamaba supuestas y cuantiosas pérdidas en un contrato y otras tarugadas.

Ante ello Borjín repitió la frase que tantos antes como él han dicho: “es mi voz pero el audio fue editado, las cosas no fueron así”. La tribuna ya para entonces era un aullido. No sólo es corrupto y cínico, sino que encima nos quiere ver la cara de tontos. El partido blanquiazul se brincó todos los procedimientos legales en un afán por quitarse de encima a Borjín y expulsarle. Luego tuvieron que recular porque si no, en un tribunal el diputado podía ganarles la partida.

Raro era lo que pasaba en ese partido: dejaban caer todo el peso de sus protocolos legales a Borjín, pero se tomaban las cosas con toda calma con los famosos militantes azules Egurín, también de Chilangolandia, que habían resultado culpables de graves cargos en otro reino, en el remoto continente de los Cariocas, y que para entonces ni siquiera enfrentaban de manera activa juicio de expulsión del partido.
Según contaban, a Borjín le tocaban rayos y centellas del príncipe heredero de los azules, un espigado joven del Bajío, porque a éste se le quemaban las habas por mostrarse más decidido que Poncio Pilatos: quería que todos vieran cuán intolerante era con la corrupción, cuán intransigente actuaba, sí, él que sin embargo como notable diputado del palacio de San Lázaro había convivido sin hacer ascos con grandes artistas del moche que sólo (medio) cayeron en desgracia cuando se les vio bailar con señoritas Montanas en el reino de Vallarta.

En fin. La cosa es que a punto de cerrarse las inscripciones para las candidaturas que los azules presentarían desde Chilangolandia para las curules de San Lázaro, alguien sostenía que sí, que todo hacía parecer que Borjín era medio sope, que había insultado de manera más que indebida a su mujer y que era evidente el intento por quedarse con una lana, pero que su caso era el del chivo expiatorio perfecto: le quitarían la candidatura del distrito 24 federal (uno muy apetecible), para dársela a uno de sus adversarios azules. Para completar el cuadro, a otra diputada amiga de Borjín también querían bajarla de su lugar en la lista de las pluris, que eran una cosa muy anticuada pero muy vigente en aquel reino.

Así, los Romeros y los Federicos, otras facciones de los azules, ganarían dos lugares en las candidaturas que antes no les correspondían, mientras que el príncipe heredero tendría cual Salomé en una charola la cabeza que había deseado, la de Borjín, con la que podría aspirar a que se olvidaran, así fuera un poquito, los grandes escándalos de los blanquiazules.

Una sola pregunta quedaba en el ambiente: ¿quien grabó y quien filtró las llamadas de Borjín era panista, o era de otro lado? ¿Y si tiene grabado lo que dijo Borjín, no tiene también grabado lo que otros dijeron?

Lo más fantástico de esta historia, mala si ustedes quieren, es que en ese reino ya nadie reparaba en que el espionaje era ilegal, y que como Borjín, más pronto que tarde caerán otros gracias a audios y videos obtenidos por malas artes.

¿Quién será el siguiente?

Cada quien es libre de redactar la moraleja que guste.

Twitter: @SalCamarena