Romper los puentes
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Romper los puentes

08/03/2018
Actualización 08/03/2018 - 10:13

Las campañas electorales se caracterizan por su violencia verbal y argumentativa, puesto que no hay mejor forma de ganar una elección que la de destrozar al oponente, para luego mostrarse como la alternativa viable para acceder al poder. Sin embargo, suponer que los adjetivos utilizados y las acusaciones levantadas contra los adversarios no tienen consecuencias una vez pasados los comicios, es creer que todo agravio se olvida por el simple hecho de ser producto de la lucha por el voto, y que por lo tanto no tiene consecuencias personales o específicamente políticas.

Y es que una cosa es decir que el contrincante es incapaz o corrupto, y otra es impulsar la acusación a nivel judicial y que pueda dañar la vida privada de los políticos y sus familias. Así que a menos que el gobierno federal y el PRI estén dispuestos a destruir a Ricardo Anaya y su candidatura, el grado de confrontación con los frentistas está llegando a un punto de no retorno difícil de superar en el corto plazo. Es claro que la estrategia de los tricolores se basa en sacar de la jugada al segundo lugar en las encuestas, para luego ir por el primero. El riesgo es alto en todo sentido.

La repetición de la estrategia usada en el Estado de México tiene complicaciones al adaptarla a la elección presidencial. En ese entonces una acusación infundada contra Vázquez Mota y su familia fue suficiente como para sacar al PAN del liderato y posicionar a Del Mazo y al PRI. La fragmentación de la oposición y una errónea política antialiancista de AMLO, permitieron sacar la elección en favor del Revolucionario Institucional. Hoy el escenario es totalmente distinto. Destruir los puentes de comunicación con Anaya y el Frente reduce las posibilidades de acuerdos posteriores ante el embate de Morena y López Obrador, hoy abiertos a alianzas de todo tipo y encabezando las preferencias electorales.

De ahí las acusaciones del Frente en el sentido de que el PRI habría pactado con López impunidad total para la administración saliente. Esto, que es parte del imaginario político, se vuelve real en el momento en el que los puentes entre frentistas y priistas se dinamitan y la carrera por contener a Morena se vuelve una lucha de dos entes separados incapaces de encontrar puntos de coincidencia, lo que abre el camino para el populismo aglutinador de Andrés Manuel. Y es que si la racionalidad política fuera la que imperara tanto para Meade como para Anaya, el objetivo primordial debería ser evitar el retorno del nacionalismo revolucionario en la figura de López, independientemente de los agravios mutuos que ambos sostienen legítimamente.

Y es que tanto el PRI como el Frente garantizan la continuidad del modelo económico de libre mercado y de las reformas estructurales aprobadas, a diferencia de Morena que las rechazas. Además, tanto priistas como frentistas saben bien que el voto útil del priismo, o sea aquel que diera como derrotado a su candidato y optara por una segunda opción, iría directamente a López Obrador y no al Frente. Es por ello indispensable evitar una ruptura mayor que deje sin interlocutores a las dos coaliciones que no plantean un retorno al pasado, como alternativa política a lo que hoy sucede.

La realidad cotidiana de las campañas impide funcionar con una lógica tan pragmática como la planteada anteriormente, pero lo que sí es indispensable es no rebasar los límites que impidan el retorno al diálogo y la negociación. Si el PRI y el gobierno federal quieren llevar a Anaya a la cárcel por delitos que difícilmente pueden probar en lo inmediato, sólo dinamitarán los puentes que les podrían llegar a ser vitales en el momento final de la campaña. Cuidado con aislarse, eso lo aprendió AMLO y ya actúa en consecuencia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.