Proyectos opuestos
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Proyectos opuestos

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Proyectos opuestos

02/08/2018

La transición entre la administración Peña Nieto y el nuevo equipo de gobierno delineado por López Obrador, se ha definido como de terciopelo, suave, tersa y sin choques violentos como se preveía durante la campaña. Los gobernantes salientes, interesados en evitar represalias posteriores y acusaciones por parte de un nuevo equipo de políticos radicalmente distintos a los actuales, han permanecidos “institucionales” ante los nuevos nombramientos y expresiones de política económica y social, definidos día con día por el vencedor de la elección del 1 de julio.

Y es que a diferencia de los cambios generados desde 1997 y durante las alternancias panistas y priistas, la amenaza de una ruptura del modelo de desarrollo y de comunicación política no se había presentado sino hasta el momento en que, por diversas razones, se produce un vuelco que de inmediato nos regresa al régimen del presidencialismo absoluto, el control de Congreso y los gobernadores, y la anulación de la oposición como poder real de negociación. Y es que al menos en los temas de reforma energética y educativa, aeropuerto, funcionamiento de la administración pública y papel del Estado en la economía, la realidad actual choca frontalmente con aquello que se pretende instrumentar a partir de diciembre.

Reconfigurar refinerías y construir una más, invirtiendo recursos públicos que no cuadran con los costos actuales de estas instalaciones, es además armar una estructura paralela a la ya instrumentada en la reforma energética, metiéndole más dinero a una empresa ineficiente como Pemex. Gas y electricidad son en realidad la clave del cambio y esto queda atado a viejos modelos de producción inoperantes y obsoletos. En el ámbito educativo la percepción de que la evaluación al magisterio ha sido punitiva no se sostiene. La capacitación y las oportunidades para presentar una y otra vez los exámenes, así como la elaboración de los mismos cuidando las especificidades propias de las regiones del país, hacen de la derogación de las reformas constitucionales en la materia una ruptura total con lo hoy logrado, y un intento de crear un modelo radicalmente diferente a lo aprobado incluso por organismos educativos internacionales.

Lo mismo sucede con el aeropuerto, la descentralización administrativa y la posibilidad de que el Estado vuelva a tener el control total de la planificación económica nacional. Se trata de crear estructuras paralelas ligadas al neonacionalismo revolucionario para, paulatinamente, ir desmantelando aquellas otras construidas a lo largo de 30 años de neoliberalismo. La posibilidad de convivencia o complementariedad de ambos proyectos es nula. Son excluyentes y opuestos por sus principios y posibilidad de operar de manera simultánea.

Pero la realidad de un país en donde sociedad civil y medios de comunicación, junto con una globalización amenazada pero no muerta, reproducen día con día el choque entre estos dos proyectos de desarrollo, hace prever un conflicto permanente entre lo que se quiere destruir y el pasado que pretende remodelar. La inviabilidad económica de este retorno a lo incierto, es lo que puede terminar por llevar al extremo el enfrentamiento entre las dos concepciones del mundo que hoy se disponen a una lucha frontal.

Por lo pronto, el gabinete de gobierno de López Obrador será determinante para establecer si sus integrantes parten de un principio de realidad de lo que se puede hacer y de lo que es irracional, o si se trata de un equipo ideológico encargado de eliminar toda herencia de tecnocracia y neoliberalismo, para poder ingresar así al túnel del tiempo y arribar al pasado glorioso del siglo XX.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.