Pasado glorioso
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Pasado glorioso

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Pasado glorioso

07/06/2018

La idea de mitificar al pasado como un tiempo en el que se vivía mejor, parte del principio según el cual los cambios realizados por las distintas sociedades sólo han servido para empeorar las condiciones de la población, empobrecerla, corromperla y destruir sus raíces históricas y étnicas conformadoras de un mundo de orden, justicia y felicidad natural desaparecido a consecuencia de la acción de estas fuerzas malignas de la modernidad. Fueron estos los argumentos subversivos del fascismo en sus diversas modalidades durante el siglo pasado, en ese romanticismo cargado de elementos nacionalistas, racistas y supremacistas que derivaron en el exterminio de millones de personas.

Con el fin de la Guerra Fría y la desaparición del bloque soviético, la globalización económica y las tendencias democratizadoras en buena parte del mundo transformaron la economía mundial, reduciendo la pobreza y ampliando el acceso a bienes y servicios a millones de personas por medio de un desarrollo tecnológico acelerado y el abaratamiento de mercancías anteriormente inaccesibles para grandes segmentos de la población mundial. El modelo globalizador por sí mismo no redujo la desigualdad, y los sectores privilegiados por el proteccionismo económico y la ineficiencia productiva se vieron afectados al no poder, muchos de ellos, incorporarse a la nueva realidad aperturista y de competencia.

Lo llamados globalifóbicos, representantes de esa tendencia glorificadora del pasado nacionalista y proteccionista, aparecían como una minoría ruidosa y trasnochada, incapaz de generar mayor trascendencia en el escenario internacional. Como los fascistas en los años 20 del siglo pasado, fueron despreciados por partidos y políticos de distintas tendencias, hasta que terminaron creando movimientos sociales que paulatinamente ocuparon espacios de poder y finalmente llegaron al gobierno.

Aquellos que fomentaron la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea bajo el principio de que la comunidad de naciones del viejo continente se aprovechaba de los británicos, impulsaron esa falsa narrativa según la cual el ente supranacional había destruido la identidad y la economía de los estados nacionales en beneficio de una burocracia representativa de intereses ilegítimos. Estos mismos argumentos llevaron a los populistas al poder en Italia, y bajo la misma lógica Donald Trump dirige al mundo a una guerra comercial, inspirado en la idea de venganza contra aquellos quienes, en su paranoia política-histórica, han abusado de la superpotencia mundial.

Esta tormenta perfecta que amenaza al planeta, como el fascismo lo hizo en el siglo pasado, parte del mismo principio según el cual la única alternativa ante las deficiencias de la globalización es el retorno al pasado glorioso, a aquel en donde una nostalgia sin sostén estadístico ni comprobación científica alguna, es la base de un pensamiento mágico que resolverá todos los problemas de la humanidad. En el fondo es una propuesta autoritaria y excluyente como la del fascismo, imposible de ser aplicada en la práctica, pero capaz de destruir instituciones democráticas y arrasar con la estabilidad económica de países e incluso del sistema financiero mundial.

Para Europa, la conformación de una unión política y económica fue la forma de anular los nacionalismos extremos y construir simultáneamente un modelo de crecimiento y desarrollo conjunto sin precedente para el viejo continente. La apuesta mexicana de Morena y López Obrador pretende ir en esa dirección, vinculando los excesos de corrupción e inseguridad existentes en el país con las políticas de apertura e integración económica mundial, y por ello propone el retorno al idílico pasado. El diagnóstico es erróneo y las medidas para corregirlo, por supuesto, también.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.