La apuesta de Anaya
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La apuesta de Anaya

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La apuesta de Anaya

12/04/2018
Actualización 12/04/2018 - 10:01

Ricardo Anaya llegó a la candidatura presidencial de la coalición PAN-PRD-MC a través de una fórmula que, por una parte, controlaba a Acción Nacional, deshaciéndose de los calderonistas inaceptables para el PRD; y por otra, incorporaba al Partido de la Revolución Democrática sin la presencia de los últimos bastiones de López Obrador, ya integrados a Morena. La presencia de Movimiento Ciudadano le servía de eslabón de contacto con un sector no identificado con estructuras partidarias. Esa estrategia partía del principio de que tanto la sangría calderonista como la lopezobradorista no serían significativas a la hora decisiva del voto.

Las complicaciones comenzaron cuando la estrategia priista de desacreditación de Anaya por el tema de sus propiedades surtió efecto, al grado que le quitó entre dos y tres puntos en las encuestas. Además, el hecho de que Margarita Zavala haya conseguido su registro como candidata independiente, buscando atraer un electorado similar, pone a Anaya en la disyuntiva de cómo atraer el voto útil. Es por ello que al candidato del Frente le hace falta una gigantesca labor de restañamiento de heridas, provocadas principalmente por su estrategia de llegar a la candidatura de la coalición sin competidores al interior del boque en su conjunto.

Ante el riesgo de quedar relegado a una tercera posición, Anaya requiere de la construcción de una imagen de 'presidente', que no ha alcanzado a cuajar por su explicable intento de mostrarse como un jovial candidato que los ciudadanos entre 18 y 30 años de edad vean como cercano a su lenguaje, vestimenta y cultura. Pero eso no alcanza para atraer a una clase media urbana que desconfía del desparpajo y espontaneidad de políticos recién salidos del horno, y que busca figuras sólidas independientemente de su mensaje demagógico o populista como el de AMLO. Por ello la necesidad de desmarcarse de la crítica del PRI y su candidato y buscar argumentos que hagan de su propuesta de gobierno de coalición un planteamiento concreto, entendible para esas clases medias urbanas que hoy, en el antipriismo acendrado, se vuelcan hacia Morena sin medir las consecuencias.

El discurso de la modernidad económica que comparten el PRI y el Frente tendría que elevarse por encima de sus diferencias en el ámbito del régimen político y la construcción de un nuevo esquema de gobernabilidad y Estado de derecho. Porque independientemente de estas profundas desavenencias, el país se está jugando el retorno a modelos económicos cerrados y protegidos, y al intento de regresar a un presidencialismo absoluto, más allá si esto es viable o no en las actuales condiciones.

En el próximo primer debate entre presidenciables esto es lo que se estará definiendo. La disputa por el segundo lugar y quién de los dos –Meade o Anaya– está más cercano a la corrupción, o el riesgo que corre el país con la reinstauración del presidencialismo absoluto con sus limitantes actuales, y el vuelco hacia un modelo de crecimiento hacia adentro que, aunque imposible de reconstruir en las actuales circunstancias, sí puede dañar seriamente inversiones internas y externas y restringir seriamente el flujo de capitales desde y hacia nuestro país.

Para Anaya ha llegado el momento de definir prioridades y reconstruir los puentes derrumbados a lo largo de estos meses. Incluso de empezar a generar la competencia con Meade, en el entendido de que el enemigo a vencer no es el PRI, sino la propuesta de AMLO y Morena. Es de esperarse que del lado de los tricolores también entiendan esta lógica, porque de lo contrario estaríamos abriendo la puerta para un cambio que podría arrasar con gran parte de la economía modernizadora de los últimos veinticinco años.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.