Guerra sucia
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Guerra sucia

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Guerra sucia

03/05/2018
Actualización 03/05/2018 - 11:24

La descalificación del adversario en una contienda electoral es la principal arma para bajar al contrincante de las preferencias ciudadanas. Suponer que es posible ascender en las encuestas, golpear a los demás participantes y aun así no ser atacado, es francamente inocente y carente de sentido de la realidad. Antes de iniciar una campaña, los asesores de la misma se sientan con el candidato para que éste les cuente absolutamente todo lo que ha pasado por su vida, sin olvidar detalle alguno que pueda aparecer en medio de la contienda.

Es lo que Ricardo Anaya pareció olvidar con el tema de la nave industrial, y López Obrador con los departamentos que no fueron anotados en el Registro Público de la Propiedad. Pero suponer que los temas que tradicionalmente han sido motivo de controversia con el sector empresarial y con clases medias en ascenso económico –como resultado de la modernización e inserción en el mercado global– no iban a aparecer en algún momento de la campaña, es francamente irrisorio. Lo que López Obrador llama “guerra sucia” no es más que la explotación al máximo de determinados argumentos expresados por él mismo o por sus seguidores más radicales en contra de aquellos otros que intentan conciliar posiciones moderadas.

Las propuestas económicas presentadas por Alfonso Romo, o las aclaraciones hechas por Marcelo Ebrard desmintiendo las amenazas de expropiación hechas por Paco Ignacio Taibo II, responden a la imposibilidad material por parte de Andrés Manuel de centrar el discurso de manera tal que pueda reducir sustancialmente los temores en cuanto a políticas radicales a instrumentar; o peor, a una indefinición basada en la excesiva utilización de consultas, referéndum o encuestas a través de las cuales se tomarían decisiones de gobierno. Denunciar la supuesta transmisión de la serie El Populismo en América Latina como parte de la 'guerra sucia', sin hacer precisiones en relación a la política económica a seguir, sólo aumenta la presión en relación a este tema.

Y es que es difícil justificar ante grupos financieros cambios en la línea económica cuando se pretende aumentar la participación del Estado en la economía sin aumentar impuestos, recurriendo únicamente al combate a la corrupción de manera voluntarista como única medida para reasignar recursos públicos. Para que una 'guerra sucia' pueda tener éxito, es necesaria una buena dosis de verdad o de credibilidad en la ciudadanía sobre las acusaciones que se hacen. Fue lo que funcionó en 2006 y de alguna forma en 2012, en donde el voto del miedo tuvo éxito no sólo porque la estrategia de los opositores de AMLO fue la adecuada, sino porque Andrés Manuel repitió una y otra vez el mismo error de combatir la 'guerra sucia' generando más temor que confianza.

Hoy el escenario se repite en condiciones distintas y con alianzas cada vez más complejas de poner en práctica. Sin embargo, el denominador común sigue siendo el mismo de las últimas dos elecciones. Buscar apoyar al candidato que pueda ganarle a la opción que genera desconfianza e incertidumbre, mientras ésta se niega a definiciones claras que podrían acercarla al consenso político y económico, lo que evitaría que la llamada 'guerra sucia' contara con los elementos objetivos para repetir la dosis de miedo de campañas anteriores.

Es el momento de las definiciones, de los pactos y de dejar atrás ajustes de cuentas, traiciones y cobros de piso. También de pensar que el país cambió en los últimos doce años y que es imposible regresar la historia a épocas superadas. Sólo así dejaremos de vivir las elecciones con el miedo y la angustia con el que hoy lo vive una buena parte de la población mexicana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.