El terror
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El terror

01/11/2018

Como durante el periodo entre 1933 y 1945, cuando la locura fascista atrajo a miles y miles de personas y terminó convirtiendo a Europa y el Lejano Oriente en un cementerio para millones más, hoy volvemos a ver la reproducción del discurso del odio, la exclusión y la cancelación de la democracia representativa como instrumento de gobierno y forma de vida para naciones enteras. El nacionalismo irredento y el intento por destruir el concepto de globalización económica y política como forma de superar las limitaciones impuestas por la Guerra Fría y como alternativa al estalinismo soviético, han resurgido con una fuerza inimaginable en todo el planeta.

Las palabras matan y más cuando provienen de los hombres del poder, cuya fuerza impulsa a sus seguidores y admiradores a actuar interpretando de una u otra forma el sentir del caudillo en turno. Por ello los demócratas manejan un discurso de la moderación y respeto a la pluralidad en todo sentido, mientras que los líderes autocráticos imponen verdades absolutas que sus fieles ponen en práctica de distintas formas para congraciarse con su mesías. Por ello se dice que en una democracia los ciudadanos se ríen de sus dirigentes como parte de la legítima crítica al poder, mientras que en la dictadura es el líder el que se burla del pueblo, que carece de medios adecuados para defenderse.

“Tal vez Cesar Sayoc vio en Trump a un padre que no tuvo”, dijo el exabogado del responsable de enviar bombas a críticos y adversarios políticos del presidente norteamericano. El caudillo autoritario y racista sustituye la figura paterna y envía señales de lo que hay que hacer para eliminar a los enemigos. Lo mismo sucedió con Robert Bowers, el asesino de 11 miembros de la comunidad judía de Pittsburg en una sinagoga, quien culpaba a los judíos de haber organizado la caravana de migrantes procedentes de Honduras y que se dirige a Estados Unidos. Al grito de “muerte a los judíos”, Bowers terminó masacrando a aquellos que consideraba responsables de fomentar la inmigración de aquellos que Trump definió como asesinos y terroristas.

La responsabilidad por estos crímenes recae principalmente en sus autores materiales, pero también en aquel liderazgo que legitima la portación de armas de alto calibre e impulsa a su masa a atacar de todas las formas posibles a los “enemigos de la nación”, lo que cada fanático interpreta a su modo y actúa en consecuencia. Lo que hoy sucede en Estados Unidos y se reproduce en Europa, en países como Italia, Hungría o en la propia Suecia, es sin duda el renacimiento de un fascismo adaptado al siglo XXI.

El mismo rechazo a la democracia representativa que llevó a Italia y Alemania a constituirse en la vanguardia del pensamiento y la acción totalitaria en la Europa del siglo pasado, es hoy bandera de aquellos que se ven afectados por la globalización democrática y que de nuevo intentan mitificar un pasado glorioso que jamás existió. Estas tragedias deben servir como ejemplo para aquellos que en nuestro país insisten en exaltar la figura de un político que se asume como infalible, y cuyas propuestas se presentan como hechos irrefutables, aunque no se ajusten siquiera a la legalidad vigente.

Los gobernantes son los responsables directos de las consecuencias, producto de los mensajes que emiten. Esto aplica al terreno económico, pero también como resultado de haber desatado a los demonios que llevan a cabo acciones violentas al interpretar los deseos de fondo de su líder. Lamentarse de las vidas perdidas como si tratara de un fenómeno ajeno a su responsabilidad, es desentenderse de su obligación como servidor público y garante de una democracia que en realidad desprecian.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.