Doble discurso
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Doble discurso

17/05/2018
Actualización 17/05/2018 - 12:04

Durante las campañas electorales, los distintos candidatos tienden a elaborar discursos que se ajustan a los diferentes públicos a los que se dirigen. Es por ello que caen en contradicciones, porque los intereses contrapuestos de los diferentes grupos sociales no pueden ser conciliados en el momento en el que se requiere el voto de la mayoría de los ciudadanos, independientemente de sus demandas o intereses. Por eso los candidatos presidenciales normalmente se la juegan como equilibristas que tienden a no referirse abiertamente a temas controversiales, como matrimonios entre personas del mismo sexo o aborto, o por supuesto una reforma fiscal que eleve impuestos, aunque esta sea indispensable en el futuro cercano.

Por ello la presencia de los voceros de los candidatos se vuelve primordial, en un intento por conciliar el discurso del abanderado con el cuestionamiento cotidiano de ciudadanos y medios de comunicación, quienes exigen definiciones claras que ponen en entredicho la coherencia de la argumentación del aspirante presidencial. Cuando el vocero se molesta con las preguntas difíciles y cuestiona la legitimidad del entrevistador, el candidato pierde y también la campaña en su conjunto. Saber responder a los golpes sin descalificar a priori al periodista, es fundamental para mantener la imagen de un político tolerante, profesional y capaz de responder bajo presión.

El que se enoja pierde, y más ante cámaras y micrófonos. Y más aún cuando el discurso del candidato se contrapone abiertamente con lo expresado por sus voceros. Alfonso Romo, Esteban Moctezuma y Javier Jiménez Espriú han presentado, cada quien en su área, propuestas que, aunque discutibles, se enmarcan dentro de lo que es un debate serio sobre el futuro del país. El problema radica en la descalificación total que su candidato, Andrés Manuel López Obrador, hace de los intentos de conciliación de sus voceros.

A raíz de la convocatoria hecha por la iniciativa '10 por la educación', los candidatos presidenciales respondieron a las preguntas concretas sobre la permanencia y profundización de la reforma educativa. Aunque AMLO no asistió al evento, su equipo de campaña envió un documento en donde avalaba, al igual que el resto de los candidatos, los compromisos concretos de una reforma modernizadora, con evaluaciones y resultados transparentes. El mismo día que esto ocurrió y ante la proximidad de un evento de Andrés Manuel con la CNTE, el abanderado de Morena dijo rechazar totalmente la reforma educativa.

Más allá de que se trate de una estrategia dual, en donde el candidato hable para las masas, mientras los voceros negocian directamente con las cúpulas empresariales y organizaciones de la sociedad civil, la distancia entre ambos discursos genera desconfianza con respecto a qué es lo que se va a llevar a cabo en la práctica en caso de ganar la elección. Las expresiones violentas en redes sociales y el descrédito permanente para todo aquel que critique las propuestas de Morena y su liderazgo, echan por la borda el trabajo conciliador y constructivo de aquellos que intentan plantear esta alternativa como viable y capaz de modificar, sin rupturas ni venganzas, el futuro del país.

Para Anaya y Meade, cuyos voceros tienen menos dificultades en adecuar los argumentos de sus respectivos candidatos a la narrativa mediática, su problema radica en la credibilidad que logren imponerle a sus discursos. El debate del próximo domingo será fundamental para mostrar las contradicciones entre propuesta y propaganda, que es finalmente la parte débil de donde cojean la mayoría de los que aspiran a ocupar un cargo de elección popular. Aunque en ocasiones esa incoherencia no sea percibida por un electorado que va más por la figura que por el proyecto de país que propone.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.