85 y 17
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85 y 17

28/09/2017
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SISMO
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Un mismo día, 32 años después y dos realidades radicalmente distintas. Un país y una sociedad que aprendieron de la tragedia aunque no lo suficiente como para evitar la pérdida de más de 300 vidas humanas.

Hace más de tres décadas, una sociedad desorganizada pero participante y un gobierno absurdamente paralizado fueron los protagonistas de una tragedia que pensamos no se repetiría jamás.

Desde ese momento, la normatividad para la construcción en la ciudad, la educación de la prevención y capacidad de respuesta ante sismos y la emergencia, fue una constante que suponíamos nos permitiría reducir al mínimo los daños ante un futuro evento catastrófico.

Y finalmente el día llegó, cuando con exactitud tenebrosa la tierra volvió a cimbrarse para revivir la memoria trágica. Las diferencias son notables. Gobiernos presentes, eficientes, que dan la cara y un Ejército y Marina encargados de coordinar, junto con Protección Civil (instancia inexistente en el 85), a una sociedad civil preparada, ejemplar, participante e igualmente volcada a la ayuda en todos sus niveles como en el 85. Los cientos de edificios y casas derrumbadas o dañados contrastan con los miles de hace 32 años. La gran mayoría de ellos en la misma zona afectada de entonces y construidos con normas previas al sismo del 85.

Aquellos edificios nuevos afectados de una u otra forma deberán de ser dictaminados de manera profesional para determinar responsabilidades de manera precisa. Como en el 85 pero ahora con mayores recursos, tecnología y presión social, es indispensable la creación de un modelo de reconstrucción inmediata. En ese entonces Renovación Habitacional, en manos de Manuel Aguilera Gómez, consiguió en un lapso de meses el restablecimiento de la normalidad para miles de mexicanos que habían perdido todo. Esto habrá que ampliarlo a los estados de Puebla y Morelos, entre otros.

La experiencia adquirida en este terrible acontecimiento obliga a replantear no sólo los reglamentos de construcción en las áreas afectadas hoy y hace tres décadas, sino a realizar una minuciosa revisión de construcciones de todo tipo para determinar de manera profesional si se trata de estructuras resistentes a un futuro movimiento telúrico. Muchos de los que se mantuvieron en pie en el 85 cayeron en el 17, y a pesar de los costos económicos y políticos de llevar a cabo una estrategia integral de demolición, reubicación y reconstrucción, no hay otra salida ante lo que sabemos será el próximo sismo sin fecha a determinar.

El compromiso de los partidos políticos de ceder parte de sus recursos para la reconstrucción deberá de ir acompañado con una redefinición presupuestal para 2018. El sismo y sus consecuencias serán tema de las campañas y, por ello, mover una parte del gasto público hacia la infraestructura de por sí abandonada en los últimos años, será una demanda social ante la cual los candidatos tendrán que responder en forma inmediata. La rapidez y eficiencia con la que se ha actuado en el rescate y apoyo inmediato a damnificados, deberá mantenerse en los próximos días y meses en el momento de la reconstrucción.

Así como lo sucedido en 1985 tuvo consecuencias políticas que derivaron en la conformación del Frente Democrático Nacional, con Cuauhtémoc Cárdenas a la cabeza, y que generó el movimiento que en el 88 cambió la realidad nacional, el sismo de 2017 apunta a convertirse en otro punto de quiebre para la clase política, obligada a modificar su forma de actuar ante la inminencia de las elecciones presidenciales. El o los partidos que no sepan leer claramente las señales emitidas por la sociedad ante el impacto del sismo, podrían sufrir una aplastante derrota. De nuevo como en el 85, el terremoto alcanza estructuras físicas y políticas que hoy todavía no alcanzamos a detectar. 

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Twitter: @ezshabot

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.