Opinión

Extranjeros asesinos

    
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EU bandera

A mediados del siglo XIX llegaron a Estados Unidos varios millones de migrantes europeos. Entre ellos había católicos provenientes de Alemania, Irlanda e Italia.

Los alemanes escapaban de la represión que siguió a la fallida Revolución de 1848. El canciller Otto von Bismarck la emprendió contra los católicos, encarcelando a obispos y sacerdotes, cerrando templos y conventos. Junto a los jesuitas, franciscanos y dominicos expulsados, miles de fieles buscaron la libertad religiosa de este lado del océano.

Los irlandeses huían de la hambruna y también de la persecución religiosa, a la que combatieron con bravura hasta que cayó enfermo su líder Daniel O’Connell.

Los italianos salieron de su patria luego de la Unificación, cuando el Sur fue lacerado por la pobreza, el crimen y las epidemias.

Sin patrimonio, sólo con su talento y laboriosidad, los tres grupos llegaron a ocuparse en las tareas más pesadas y peor pagadas. Los alemanes en la producción agrícola, cuyas técnicas dominaban. Los irlandeses en la extensión de la red ferroviaria y en los servicios de bomberos. Los italianos en las fábricas y en los talleres de confección.

Muchos estadounidenses de aquella época se inquietaron al ver que personas de otra religión arribaban a sus comunidades. Algunos tenían motivos auténticos para preocuparse porque los patrones sustituían a obreros borrachos y faltistas con los recién llegados, más esforzados y cumplidos.

Pero la mayoría era presa de sus prejuicios. Empezaron a culpar a los refugiados de todo lo malo que pasaba y los politiquillos atizaron la división, tachándolos de ladrones y asesinos.

Si desaparecía algo o se descomponía una máquina, el sospechoso era el forastero. Si se producía una riña de cantina, el que iba detenido era el migrante.

Pronto hubo redadas en talleres y fábricas, en ferias y cines. Las cárceles se llenaron y empezaron entonces las deportaciones.

Tantos irlandeses eran aprehendidos que los camioncitos para llevar a los prisioneros eran llamados paddy wagon, siendo paddy (diminutivo de Patrick) la forma despectiva de adjetivar a los nacidos en Éire.

Los aficionados al cine seguramente recuerdan un par de películas, que narran muy bien esa época de ofuscamiento y exclusión.

“Pandillas de Nueva York” (de Martin Scorsese) es la crónica del enfrentamiento entre el cabecilla de una banda de protestantes nativistas (protagonizado por Daniel Day-Lewis) y el hijo del líder asesinado de una pandilla de católicos irlandeses (estelarizado por Leonardo Di Caprio).

“Sacco y Vanzetti” es un docudrama que cuenta la historia real del controvertido juicio de un zapatero y un pescador italianos, militantes del sindicalismo radical. Acusados sin pruebas concluyentes de un robo y asesinato ocurridos en Massachusetts, fueron enviados a la silla eléctrica por un fiscal con aversión a los expatriados y un juez descaradamente parcial.

La discriminación llegó hasta las leyes. En muchos estados se intentó quitar el voto a los católicos y se prohibió que trabajaran en el gobierno. La Constitución de Missouri obligaba a los clérigos a jurar lealtad al país. Con el pretexto de combatir el alcoholismo se proscribieron los Beer gardens de los alemanes. Para no interrumpir la siesta se restringieron las horas en las que los irlandeses podían tocar la gaita. A los italianos los obligaban a firmar cartas en que declaraban no pertenecer a la Mafia.

No resulta extraño que irlandeses huyeran a Texas, entonces parte de México, y se opusieran a su anexión a EU. Ni que los soldados del Batallón de San Patricio se rebelaran a seguir participando en la intervención de 1846-48.

El fanatismo se alimentó de teorías conspirativas, según las cuales el Papa Pío IX enviaba a miles de católicos a Estados Unidos para tomar el control del país. Surgieron organizaciones secretas conocidas como los know nothings (porque los aleccionaban para que dijeran “no sé nada” si eran delatados por quemar iglesias o dar golpizas a migrantes). Incluso crearon el American Party, que llegó a tener un millón de miembros.

Con el tiempo, ese movimiento nacionalista y populista logró que se endurecieran las leyes migratorias y se estableciera un sistema de cuotas para otorgar la residencia, preferentemente, a los europeos del Norte protestante. Ese esquema se aplicó hasta 1965 y ahora Donald Trump, nieto de inmigrantes alemanes, trata de reinstalarlo, con el pretexto de evitar la entrada de musulmanes terroristas y de mexicanos violadores y asesinos.

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