Opinión

Explosiones de ira

“No hay ninguna pasión
que amenace tanto la claridad
de nuestro juicio como el enojo”:

Michel de Montaigne


–Estoy perdiendo el control. No les importa lo que me pasa. No entiendo por qué Mario le da vueltas a todo y acaba con mi paciencia. Estoy cansada. Casi no puedo dormir con tantas preocupaciones. Nadie me entiende, sólo me exigen. Soy una máquina de cumplir obligaciones.–

Laura ha venido a terapia por un problema para expresar su enojo. Quiere “administrarlo” de manera más inteligente, porque últimamente siente que pierde el control de su mente. La rabia la invade, ladra palabras, llora, insulta. Es esclava de la ira, dice.

–Siempre estoy apurada, presionada y sumergida en tensiones. Espero que Mario cambie pero no cambia. Es como un niño: dependiente, egoísta, mezquino; incapaz de dar nada si no se lo exijo. Mis ganas de tener una relación justa, más o menos igualitaria, se fueron a la basura hace tiempo. Soy la madre mala de la historia porque me encargo de que la casa funcione, de regañar a nuestros hijos cuando rompen las reglas, de recordarle a él que me tiene que dar dinero para pagar mil cosas. Soy su memoria, su reloj, su conciencia, su perseguidora. Lo veo y sólo puedo pensar en lo sola que me ha dejado con todo. Quizás él es una de las razones para sentirme tan enojada. Soy el monstruo del reclamo y la queja.–

Un camino para desactivar la ira crónica o los estallidos cíclicos de rabia es buscar el origen de la emoción. A veces es deseo de control, exigencia excesiva, perfeccionismo, incapacidad para aceptar a los otros como son. A veces es miedo a perder algo valioso. A veces un sentimiento congruente con situaciones insostenibles como una relación de pareja desequilibrada, violenta, abusiva. O el resultado de una vida de represión en la que poco se han podido expresar los sentimientos o en la que no hay un balance entre gratificaciones y frustraciones.

–Siento que me va a dar un infarto, que detonaré hipertensión por rabia (¿existe?). Exploto por cosas irrelevantes: el tráfico, la ineptitud de un mesero o de la cajera en una tienda. He perdido la capacidad para pensar antes de actuar. Sé que en la casa ya nadie me escucha, porque grito y prefieren ensordecerse. Quisiera decirles que me ayuden, que estoy cansada, desbordada, al límite de mis fuerzas; pero, en lugar de decirlo tranquilamente, recurro a groserías y recriminaciones.–

Uno de los antídotos contra el manejo torpe de la ira es desarrollar una mente más presente, más alerta a lo que le está pasando. Reconocer los estados de ánimo es algo que requiere de práctica y esfuerzo; de lo contrario, el enojo toma por asalto y aleja la posibilidad de ser amos de nuestras emociones. La razón de las explosiones de ira no es que el enojo sea acumulativo. Tiene que ver sobre todo con la incapacidad para comunicarlo de forma más constructiva. Expresar el enojo con más enojo sólo empeora todo. En lugar de invitar a la escucha, provoca defensividad en los receptores del mensaje.

–He perdido mi libertad, porque ahora tengo miedo de mis reacciones. Me arrepiento minutos después de destruir cosas, de bajarme del coche furiosa, de pelearme con alguien en el estacionamiento del club porque entorpeció mi camino; de irme intempestivamente de cualquier lugar, para buscar la soledad y el silencio.
Hago desde hace semanas la lista de las cosas que me enojan. Me doy cuenta que en el fondo me entristecen: la poca solidaridad de mi marido, las malas calificaciones de Sara, el abandono de algunos de mis amigos, los 10 kilos que me sobran, la falta de tiempo para descansar, todo lo que quise hacer y nunca me atreví; los años perdidos, las malas decisiones.
No tengo un problema de manejo de la ira. Lo que tengo es una vida que no me gusta desde hace mucho tiempo y no he sabido cómo cambiarla.–


Laura ha avanzado al nombrar las fuentes de su tristeza y frustración transformadas en enojo. Sabe que no puede seguir instalada en la reactividad. Que tiene que ponderar sus respuestas, volverlas más lentas, menos inmediatas. También sabe que no puede quedarse atrapada en el resentimiento y en la indignación, que aunque le ayudan a sentirse menos impotente, la envenenan y terminan debilitándola más.

La única posibilidad de cambio es personal. No puede cambiar a su marido, ni a sus hijos, ni todo lo que no le gusta del mundo. Sólo ella puede cambiarse a sí misma: enfocando aspectos más positivos de su existencia o tomando decisiones radicales para moverse del lugar donde el cumplimiento de los deseos y anhelos, es imposible.

La utora es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag