Opinión

Experiencias y lecciones de los sismos  

 
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SISMO

Después del violento sismo registrado casi a la medianoche del pasado 7 septiembre, que afectó principalmente a los estados de Oaxaca y Chiapas, pero que también se sintió feo en la capital del país, con sus más de dos mil réplicas que se dice ya ha tenido, seguramente nadie jamás imaginó que vendría otro diferente, no réplica del anterior del día 7, con impacto mucho más severo en la Ciudad de México. Y menos aún alguien imaginó que este nuevo temblor habría de registrarse exactamente, ni un día menos ni un día más, en la misma fecha en que se cumplieron treinta y dos años del terremoto por autonomasía, del temblor que es referente histórico, al que tienen presente dos generaciones de mexicanos y es quizá la más infortunada de las efemérides de las últimas seis o siete décadas: el sismo del 19 de septiembre de 1985.

Cuando desata sus furias, la naturaleza es veleidosa e implacable. No perdona. Las más terribles manifestaciones de tal furia son al menos tres, de menos a más: los tornados (como el que sufrió la fronteriza Ciudad Acuña hace un par de años), los huracanes (cada vez más frecuentes en el planeta, se dice que como resultado del cambio climático debido al calentamiento global) y los terribles terremotos.

Gracias a los notables avances en materia científica y tecnológica los dos primeros, es decir, los tornados y los huracanes, son predecibles, al menos en la medida en que es posible conocer con alguna antelación el momento se su impacto devastador; e incluso para tratar de amortiguar sus efectos, según sucede ya en el caso de los huracanes como bien se sabe.

Pero el tema de los temblores de tierra es radicalmente otra cosa. No es posible pronosticarlos y todo parece indicar que pasarán muchos años antes de que ello sea posible. De hecho, nadie reputado de serio, que se sepa, ha señalado que ello sea factible en algún plazo previsible.

Los dos grandes sismos del 19 de septiembre, el de 1985 y el de 2017, han dejado, en dos experiencias, tres lecciones.

Como muchos hicieron notar en su tiempo y de cuando en vez se recuerda, los sismos del 85 provocaron una inesperada actitud en el gobierno de entonces, desde el presidente de la República, a la sazón Miguel de la Madrid, hasta el último escalón en la estructura del poder. La clase política entró en pánico y quedó paralizada. No supo qué hacer. Y quedó totalmente rebasada por la sociedad civil, que en aquellos días de tragedia y drama hizo lo que pudo. Y pudo mucho. Pero además, aprendió bastante. Entre otras cosas, tal vez la más importante: que las pesadas estructuras gubernamentales y su obesa burocracia son en realidad como gigantes con pies de barro. Asustan, pero son tan débiles como inútiles.

Tanto así que no fueron pocos los que vieron en esos sismos del 85 el antecedente que explica las cruciales elecciones de 1988, en particular sus resultados en el DF. Curiosamente, uno o dos años antes la revista Vuelta dedicó uno de sus números al tema 'Escenarios sobre el fin del PRI'. Y alguno de los autores planteó la hipótesis de que su fin sería resultado de un megasismo.

En 2017 ya se vio que el gobierno asimiló la lección. Ahora se ha mostrado hiperactivo. De hecho se ha sobreactuado, en la medida en que parece más buscar los reflectores, como se prueba con la multiplicada presencia de sus personeros en la radio y la televisión, que lo que realmente hace. Muy lejos del sabio proverbio que pide que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.

Y en ambas experiencias la lección de la sociedad civil ha sido grandiosa: Generosidad, desprendimiento, solidaridad, sin esperar recompensa alguna. Tremenda lección que hoy copia, y copia mal, el gobierno. Hace recordar el antiquísimo dicho español que reza: ¡Oh, qué gran pueblo! Sólo le falta tener un buen Señor.

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