Opinión

Experiencia

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil recordó una parte de su vida, memorias de otros mundos. En el remoto año de 1966, el entrenador Ignacio Trelles ordenó una malla ciclónica formada por once jugadores en retaguardia. Gil conoció dos fenómenos físicos: la dilatación de nuestros pases verticales; más que patear el balón, lo mexicanos patearon su autoestima. En el juego contra Inglaterra, Bobby Charlton avanzó sobre el centro del campo, sin perseguidores a la vista, y a treinta metros de la portería mexicana, sacó un riflazo que Nacho Calderón no pudo detener. Más tarde, presa de un ataque de angustia sin precedentes en la psiquiatría clínica, Nacho Calderón yacía en la yerba, el brazo derecho extendido, el rostro oculto en el pasto y el blanco en las redes. Ahí empezó todo, Gil tenía nueve años y México era eliminado en la primera ronda de la Copa.

En el año de 1970, México enfrentó a Italia con once incrédulos: Nacho Calderón en la portería; Pepe Valtonrá, el Halcón Peña, el Kalimán Guzmán y el Pichojos Pérez en la defensa; Pulido, Velarde y el Campeón Hernández en la media; Horacio López Salgado, el Cabo Valdivia y Chalo Fragoso adelante. Italia liquidó a México 4 a 1. Los sueños tienden a ser breves y absurdos. Bertini, Domenghini y Mazzola se adueñaron del medio campo y borraron para siempre a Munguía, González y Pulido.

La debacle

En el año de 1978 México tenían un gran equipo. Al menos esta era la opinión de los patrocinadores. Esa alucinación colectiva que llamaban Selección Mexicana hizo las maletas para viajar a Argentina y disputar el XI Campeonato Mundial de Futbol. México perdió todo ante Túnez y Alemania. A casa, con la maleta llena de vergüenza. Los números de la Selección causaban estupor. Desde 1930, en el Mundial de Uruguay, hasta Argentina 1978, México había asistido a ocho Copas de Mundo y jugado 24 partidos. De esos ganó 3, empató 4 y perdió 17 encuentros. En esa intemperie, la Selección obtuvo 10 puntos y perdió 38. Estos números volvían al futbol mexicano una rara autoridad del fracaso. Bajo la tormenta de ese viaje inclemente, los mexicanos anotaron 21 goles y recibieron 62 ocasiones el balón en la redes de su portería. En materia de futbol, los mexicanos eran unos raros alienígenas de la derrota.

El triunfo fugaz

En el Mundial de 1986, muy pocos esperaban de la oncena nacional algo diferente a la frustración. Imposible ganar un juego dirigidos por un hombre que no hablaba español. Se llamaba Bora Milutinovic. Larios en el arco; Servín, Quirarte, Cruz, Barbosa y Amador en la defensa; Negrete, Aguirre, Boy, España y Muñoz en el medio campo y arriba dos o tres combinaciones con Luis Flores, El Abuelo Cruz y Hugo Sánchez. Gran espectáculo en el cual México perdió en penaltis contra Alemania.

La evolución del equipo nacional parecía llegar a un punto de competitividad internacional nunca antes visto. El equivalente sería el quinto partido. En 1994 y en 1998 se confirmaron las buenas noticias, México había compuesto equipos capaces de jugar con los mejores sin desmerecer, pero al final, los penales, o los tiempos extras, o una desgracia mayor, nos detenían antes de convertir el sueño en realidad. En ese tiempo, a Miguel Mejía Barón lo seguía una cauda prestigiosa de logros, el sorpresivo subcampeonato de la Copa América. Así se presentó el equipo nacional al Mundial de Estados Unidos. Después de un torneo bien jugado, México perdió en penaltis frente a Bulgaria. Los que tienen edad recordarán: Mejía Barón no hizo los cambios que parecían indicados, los jugadores fallaron penaltis a placer, todo se derrumbó en la tanda de los tiros de castigo.

Desde entonces

La Selección Mexicana sigue establecida en ese momento. Buena primera ronda, octavos heroicos y eliminación digna de las primeras planas. Gil no duda que la evolución producirá algo así como un cambio climático de las canchas, entonces jugaremos en cuartos de final. No coman ansias.

La máxima de Woody Allen espetó dentro del ático de las frases célebres: “No quiero alcanzar la inmortalidad mediante mi trabajo sino simplemente no muriendo”.

Gil s’en va