Opinión

Exonerados

 
1
 

 

Redes

La legitimidad de un Estado es un activo fundamental para la convivencia armónica, la unidad nacional, la convergencia de esfuerzos y la prosperidad continua de la sociedad. Su ingrediente principal es la credibilidad en sus dirigentes y la confianza en las decisiones por ellos adoptadas para la buena conducción de los destinos nacionales y el logro de objetivos comunes hacia espacios de mayor bienestar, equidad, justicia y progreso.

La sociedad actual, heterogénea y polarizada es cada día más escéptica en cuanto al proceder de sus gobernantes, la bondad de sus decisiones y la moral de sus intenciones, sujetos en todo momento a la incredulidad pública, a la sospecha y a la incertidumbre.

Hoy en día la sobreabundancia de información, el acceso a medios electrónicos, las posibilidades de navegación virtual planetaria, la disponibilidad de gran cantidad de puntos de vista, formas de pensar y observaciones críticas brindan a las personas una gran cantidad de elementos para generar juicios y opiniones propias sobre la realidad que viven en lo individual y colectivo, ofreciendo un reto mayúsculo a las tradicionales formas y mecanismos de comunicación política.

La incredulidad, la desconfianza y la sospecha se acentúan cuando el discurso dista sensible y evidentemente de la percepción del individuo sobre su realidad, de tal forma que duda de todo, descree en todo y todo lo indigna al sentirse engañado y manipulado.

La mayor ofensa que puede hacerse a la sociedad actual es la de pretender convencerle, mediante el discurso o la estadística, de que su situación, por precaria o difícil que le parezca, no es sino una percepción errónea que difiere de la verdad oficial y que la minoría en el poder adopta, paternalmente, las mejores determinaciones en pos de la dicha y la felicidad colectiva, anteponiendo al bien propio el bien general, aun cuando los hechos apunten en sentido opuesto.

La ingenuidad social de antaño ha desaparecido, ha sucumbido a los embates del engaño recurrente, de la frivolidad estamental, de la discrecionalidad y el abuso, de la corrupción e impunidad hereditarias de una clase política que se resiste, a ultranza, a la transformación, al abandono de añejos vicios y a la adopción de prácticas virtuosas para el acceso y el ejercicio del poder.

El anhelo de cambio con que inició el nuevo milenio mexicano no ha sido más que una quimera, una ficción revestida de distintos emblemas y ropajes, pero con un contenido idéntico, que hoy se reedita, rememorando el boato de antaño, con el sello del más clásico autoritarismo del siglo XX.

Los fantasmas de un régimen que se suponía extinto siguen en la palestra, retornan con vigor y entusiasmo a recuperar lo perdido, a estrechar la sana distancia, a perfeccionar antiguos procedimientos, con una maquinaria mejor aceitada, más robusta y despiadada que no repara en medios para alcanzar sus fines.

El mensaje es claro y elocuente, declaraciones y eventos recientes lo soportan y documentan. La oferta no es de transformación sino de renovación. La cara más dura y la piel de elefante están a la vista.

Ocupación, expansión, dominio, renta, son los objetivos puestos en el nuevo tablero político que se van obteniendo paulatina e inexorablemente, con las más diversas artes, pese a la crítica y al desasosiego social, que, finalmente, es lo que menos importa.

También te puede interesar: 
Visión universitaria
Días de guardar
¿Políticamente correcto?