Opinión

Excursos: La libertad de la literatura

10 febrero 2014 5:25 Última actualización 07 agosto 2013 5:2

 
 
Carlos Herrera de la Fuente
 
En esa obra perfecta y abierta, a la vez, que es El libro por venir, Maurice Blanchot nos narra el comienzo de la carrera literaria de Antonin Artaud por medio de una anécdota. A los 27 años, Artaud se decide enviar a una revista, por primera vez, una serie de poemas para su publicación. Éstos son rechazados cortésmente por su director (Jacques Rivière), quien, en una carta, le expone a Artaud la razón de su rechazo, aduciendo que se trata todavía de poemas defectuosos, que demuestran un control insuficiente de las formas de versificación. Ante este rechazo, Artaud replica en otra misiva, intentando explicar el porqué de la insuficiencia y de la imperfección de sus poemas: éstos, dice, son productos de un abandono casi total del pensamiento, que lo obliga a expresarse de manera defectuosa. Así comenzó un intercambio epistolar entre Artaud y Jacques Rivière, al final del cual, este último le propone publicar “las cartas escritas, en torno a dichos poemas no publicables” (los cuales se decide publicar sólo a guisa de ejemplo y testimonio de las cartas).
 
 
Lo curioso de la anécdota es que nos muestra la paradoja que encierran ciertas obras literarias y su recepción pública: tal pareciera que aquellos intentos de romper las formas establecidas por la tradición, que encierran un conjunto de claves indescifrables para la mirada acostumbrada a los códigos aceptados como válidos, sólo pueden ser aceptados y recibidos si pasan por una traducción racional que los haga inmediatamente inteligibles al lector promedio. Esto, sin embargo, implica un sacrificio: el de la obra misma, que en lugar de abrirse a su indeterminación original, al rico misterio que la motivó, termina siendo reducida a una serie de parámetros desde los cuales produce una sensación de control y sosiego en el receptor.
 

Libertad creativa y control; ánimo desbocado y limitación racional, son los extremos dentro de los cuales se mueve la obra de arte. En realidad, toda obra literaria es un producto original de un decir que supera con mucho el decir racional, pragmático y sosegado de la vida cotidiana. Es un cuestionamiento directo de él. En el espíritu del escritor, sin embargo, esta escisión es experimentada como una lucha: “¿Hasta dónde podré decir más allá de la razón y de la sinrazón, más allá de las fronteras en las que estoy condenado a vivir?”.
 
 

Blanchot ejemplifica este conflicto en la figura de Goethe. Según nos dice, una voz demoniaca susurraba a sus oídos ciertas palabras, a tal punto que, cuando era joven, en relación a la conclusión de sus escritos y al esfuerzo por conducirlos a buen puerto, Goethe llegó a exclamar: “Para mí, no cabría ni plantearse acabar bien.” Lo importante, claro, era dejarse llevar por el impulso que lo había orillado a escribir, por esa necesidad imperiosa que no podía ni siquiera reducirse a un mandato moral, sino a una infinitud creativa que no era posible acallar. Más tarde, empero, después de la redacción del Werther, Goethe —tal como lo afirma Blanchot— dudó de esas fuerzas demoniacas y se resistió, de nuevo, a ser tentado por ellas. La razón había triunfado. Goethe siguió, así, un mandato que, desde el Renacimiento, se impuso al artista en relación a los productos de su creación: ser capaz de mantener un control subjetivo sobre las obras, a tal punto que éstas no sean más que la expresión coherente de un yo que tiene algo específico que comunicar y que sabe cómo y cuándo decirlo.
 
 
Esto fue precisamente lo que no pudo hacer Antonin Artaud. Eso fue precisamente el origen de la imperfección de sus poemas, el no saber exactamente qué decir, el no poder someter su poesía a un orden superior que la domesticara. “Jamás he escrito más que para decir que jamás hice nada, no podía hacer nada y que, al hacer algo, en realidad no hacía nada. Toda mi obra ha sido construida y sólo podrá serlo sobre la nada...” Esta nada no era una nada parcial, sino absolutamente radical, una nada que lo cuestionaba todo y que, por la tensión que generaba, no dejaba otra opción más que la de rebelarse reinventando de nuevo la palabra. Una palabra que, como insiste Blanchot, ya no es la palabra-amo de un sujeto racional, sino la palabra poética que, antes que nada, se oye, se escucha y se atiende sin forzar.
 
 
¿A qué invita esa palabra poética? A perderse en la infinitud de las formas, a arriesgarse a la violencia de los nombres y los verbos, a rebelarse contra toda ley (gramatical, moral, ideológica) que imponga una norma de escribir: a entregarse a la libertad de la literatura cuya único verdad es la de la interminable obra por venir.