Opinión

Evitar el derrumbe

 
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Marcha Ayotzinapa

Para que una sociedad funcione, se requiere que sus integrantes estén dispuestos a cooperar entre sí más de lo que están dispuestos a abusarse. Aunque usted no lo crea, los seres humanos somos el primate más cooperativo que existe, pero aun así no lo somos tanto. Sabemos que las demás personas pueden engañarnos para que cooperemos, y luego quedarse con todo. Por eso hay que seleccionar con quienes cooperar, pero eso resulta muy complicado. Según sabemos, lo mejor que podemos hacer es cooperar con quien ha cooperado antes con nosotros, y no hacerlo con quienes antes nos han engañado. Pero eso reduce mucho la cantidad de personas con quienes podemos relacionarnos, porque nuestra memoria es bastante pequeña. Según Robin Dunbar, etólogo británico, sólo podemos recordar nuestra historia común con cerca de 150 personas.

Precisamente por eso los grupos humanos eran tan pequeños. Hasta hace 15 mil años, no hay registro de un grupo que fuese mayor de 60 individuos adultos. Todavía hoy, en lugares remotos, las bandas de cazadores-recolectores suelen ser de ese tamaño. Logramos vivir en grupos mayores cuando encontramos algo que nos permitiera creer en la cooperación de los demás. Ese algo fueron las creencias religiosas. Primero, en un antepasado común, que representábamos con su cráneo, arreglado y pintado, que se colocaba en el centro de la vivienda. Luego, en un dios de la ciudad, que ya tenía su propio lugar de adoración. Más tarde, en un dios para todos, un dios universal. Los descendientes del antepasado común eran como hermanos, de forma que cooperarían entre sí. Los seguidores del dios, lo mismo. Todos los demás, sin embargo, seguramente no tendrían interés de cooperar, sino de extraernos recursos. Por eso la gran división entre los creyentes y los demás. Y por eso la idea de que las religiones han causado violencia. En realidad, no es así, sino al contrario: redujeron la violencia al interior, y eso magnificó la violencia al exterior.

Pero las religiones han perdido terreno en los últimos 500 años, de forma que tuvimos que inventar otra forma de 'identificar' a los cooperadores. Esa invención es la nación. A mediados del siglo XVII, para poder vivir juntos sin necesidad de tener la misma religión, los europeos experimentaron con esa idea: todos los que vivimos en una nación tenemos una misma historia y por eso somos como hermanos. Las naciones, para existir, tienen que crear esa historia común, ficticia, que permita la sensación de hermandad, y por lo tanto la cooperación.

Cuando México se constituye como una nación, con los liberales del siglo XIX, inventamos nuestra historia. Los inventores decidieron crear la leyenda negra de la Colonia, magnificar el pasado indígena, y sobre todo elevar a su grupo político (los liberales) al nivel de héroes. Cuando la Revolución acabó con ese periodo, rehicimos nuestra historia un poco, creando la leyenda negra del Porfiriato, magnificando el pasado liberal y elevando al grupo revolucionario al nivel de héroes.

Cuando termina el régimen de la Revolución, sin embargo, no hicimos nada. Hay un poco de revisión histórica, pero no hemos construido la ficción que nos permita sostener al nuevo régimen. Creo que porque algunos no quieren salir del viejo (el PRI, porque es su historia; Morena, porque es su religión), y eso impide suficiente consenso como para establecer los valores fundacionales sobre los cuales establecer la cooperación. Para muchos mexicanos, la ficción revolucionaria ya no tiene sentido, pero no hay otra, y por lo tanto no tienen confianza en sus conciudadanos. Unos se van, otros se quedan, pero reduciendo su grupo de cooperación a la comunidad, el cártel, el barrio. El país se desmorona.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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