Opinión

Europa ante Ucrania

No saben qué hacer. Ya amenazaron con sanciones económicas, advirtieron de violaciones internacionales, de bloqueos comerciales, de cumbres canceladas y nada. Putin es totalmente impredecible e impenetrable. La poderosa señora Merkel, canciller federal alemana, señala que el referéndum anunciado por Rusia en Crimea para determinar si el pueblo de esa región ucraniana decide “libre y soberanamente” formar parte de la Federación Rusa y abandonar a Ucrania como unidad nacional, es ilegal.

Es como si Estados Unidos viniera a realizar un referéndum en México. ¿Sobre qué bases legales un país extranjero podría reclamar un derecho así? Crimea es una península valiosa. Su ubicación geográfica la coloca en una posición estratégica vital para Rusia en el Mar Negro. La antigua URSS construyó en esa zona bases militares, instalaciones marinas y puertos para buena parte de la flota rusa. Hay miles de soldados basados en Crimea desde tiempos soviéticos, que evidentemente han hecho su vida en esa región. Esto explica su inclinación prorusa. Como sucedió en todas las ex repúblicas soviéticas, la presencia de militares rusos como instrumento de control y seguridad terminó por mezclarse de forma numerosa con la población local. Se casaban, hacían familias y echaban raíces. Cuando se desintegró la URSS hubo repúblicas que exigieron el abandono del histórico Ejército Rojo, que en más de una ocasión representó un grave problema económico, demográfico y hasta de vivienda para Rusia, porque entre 1992 y 1997 tuvieron que recibir de regreso a decenas de miles que abandonaban sus posiciones en Lituania, Letonia, Estonia, Bielorusia, Ucrania misma, Armenia y otras. Lo grave es que nadie los quería de regreso, no tenían empleo y peor aún, donde vivir.

La cercanía y dependencia militar, económica y comercial de Ucrania y Rusia se mantuvo con relativa fortaleza y estabilidad durante estos 20 años. Firmaron acuerdos, contratos, de hecho las bases y buena parte de Crimea están subarrendadas a la Federación Rusa. Cuando aparecieron líderes con aspiraciones proeuropeas como la señora Tymoshenko, Moscú se encargó de movilizar presiones para reducirlos y neutralizarlos. Los líderes de la tersa independencia de Ucrania acabaron en la cárcel, y otro más envenenado, por lo que muchos suponen que la seguridad interna, la antigua KGB –origen profesional del presidente Putin– se hacía cargo. Lo que estamos presenciando ya sucedió en Georgia en 2008, con los tristes casos de Abjasia y Osetia del Sur, dos provincias en territorio georgiano, que igualmente tenían una numerosa población prorrusa por las mismas razones militares y fueron escenario de enfrentamientos. La diferencia es que allá la torpeza del gobierno de Georgia consistió en atacarlos y mandar tropas, que de inmediato fueron aplastadas por Moscú. A 6 años, ambas provincias dejaron de ser parte de Georgia y flotan con el elusivo estatus de Repúblicas Asociadas a la Federación Rusa.

Ese es el futuro que le espera a Crimea, donde la población de origen, cultura y formación rusa supera 95 por ciento. El referéndum, ilegal o no, demostrará que prefiere ser parte de Rusia y abandonar la bandera azul y amarilla de Ucrania. Como afirma el señor Putin cuando desafía a EU, Alemania o Gran Bretaña, el tema de la legalidad es relativo, “muchas de las cosas que ustedes han hecho en Irak, Afganistán y Panamá fueron ilegales” y de todas formas lo hicieron. Sólo Europa puede buscar mecanismos y acuerdos que impidan, en pleno siglo XXI, la anexión vulgar de un territorio como si estuviéramos en la cima del colonialismo.

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