Opinión

ETN, Michoacán y un país de utilería

 
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ETN. (bustotal.com)

La industria turística mexicana sigue viento en popa, manteniendo la racha de bonanza que ya lleva varios años. Los números de los principales indicadores así lo muestran y, no sólo eso, sino que es posible que nuestro país siga ganando posiciones dentro del top ten de las naciones que más visitantes reciben; pero eso lo sabremos dentro de unos días, cuando la Organización Mundial del Turismo dé a conocer su informe estadístico de 2015.

Nadie puede discutir ni quejarse de que cada año son más los turistas extranjeros que llegan al país, y hacia ellos parecen enfocarse la mayoría de las políticas públicas del gobierno, con gastos en promoción usando principalmente a las playas nacionales como el gran atractivo.

Y sí, los turistas internacionales son importantes porque traen divisas frescas. Pero, si el año pasado dejaron en nuestro territorio 17 mil 500 millones de dólares, el turismo doméstico –al cual las políticas públicas no parecen ponerle mucha atención— representa una cantidad por lo menos tres veces mayor a esa y mucho mejor repartida en toda la República, ya que los extranjeros se concentran mayoritariamente en unos cuantos destinos, casi todos ellos en el mar.

Pero no es únicamente un tema para el gobierno federal, sino también para los estatales y municipales, y de forma muy destacada para la iniciativa privada.

Coincido con Carlos Mota en su columna de ayer en estas páginas, sobre el mal servicio de Hertz y lo que esto implica más allá de una mala experiencia personal.

Para estas vacaciones de Semana Santa decidí pasear con mi familia por Michoacán. Como aún tenía trabajo pendiente, elegí viajar en ETN porque ofrece internet en sus autobuses. Los boletos los compré en línea a través de la plataforma Reserbus y todo fluyó fácil y rápido, incluidos descuentos de 50 por ciento con credencial de estudiante y de 10 por ciento para los adultos.

Hasta ahí, todo bien. La mala parte del viaje empezó al llegar a abordar: las jóvenes de ETN que dan el acceso a la unidad tienen una actitud nada amigable, incluso diría que hasta hostil –no es la primera vez que tengo esta impresión–; el emparedado o empanada que dan a los pasajeros junto con una bebida, invariablemente es una cosa aplastada, lo cual sólo me hace pensar en el mal manejo que hacen de la comida durante su traslado, lo que se traduce en poco respeto hacia su clientela. Los muchachos que reciben y entregan las maletas tampoco son muy amigables que digamos. Esto parece un tema de capacitación que, por lo visto, no es un rubro al que ETN le interese mucho invertir.

Como siempre, en un camión de dos pisos de esta empresa los asientos son cómodos y, con pantallas individuales, tienen una buena variedad de opciones de infoentretenimiento y una selección de películas bastante aceptable. Pero, oh sorpresa, el internet nunca funcionó –con lo cual no pude avanzar en mi trabajo como lo había planeado— y aunque la película que escogí se veía muy bien, no era igual en el audio, así que tuve que imaginarme la mitad de los diálogos, hasta que me aburrí y desistí.

Una noche cenamos en Morelia en la terraza de un hotel boutique que está junto a la Catedral y al día siguiente comimos en el que se supone es el mejor hotel Uruapan, enfrente del Parque Nacional. En ambos lugares nos encontramos con tres cosas similares: los meseros hacían su mejor esfuerzo por atender bien a los comensales (lo cual parece un punto meramente idiosincrático); era claro que los dueños de los establecimientos no se habían preparado para una temporada turística alta, que les duplicaría o triplicaría su flujo normal de clientela, y no contrataron personal extra, así que aunque los meseros se esmeraban, su servicio resultaba insuficiente porque, simplemente, estaban rebasados sin que fuera su culpa (lo cual parece un punto de mala visión empresarial, que prefieren ahorrarse los sueldos del personal eventual); y tres, en ninguno dan factura a pesar de ser –se supone– restaurantes serios y reconocidos.

Sobre este tercer punto, el modus operandi es el mismo: al pagar nunca la ofrecen, pero si uno la solicita, le advierten que, como hay mucha gente, se van a tardar en hacerla, así que uno desecha esa opción. Pero el mesero ofrece enviarla por correo electrónico y pide que se anoten los datos en una hoja. Ya pasaron varios días y hasta el momento sigo esperando que me lleguen las facturas. Y, sí, como afirma Mota, en esos momentos se piensa en dónde está la gente de Hacienda, del SAT, de la Profeco.

Hacer turismo doméstico y carretero no es fácil, la señalética en las autopistas –responsabilidad de la SCT– sigue siendo muy deficiente; los policías federales de caminos, fieles a su costumbre, más que proteger se siguen dedicando a extorsionar a los viajeros en las carreteras.

Hoy hablo de Michoacán, porque fue el lugar que visité, pero estas malas experiencias suelen ser la constante en la mayoría del país, de un país que, en el papel, cuenta con grandes programas de capacitación, distintivos de calidad e inversiones por parte de la Secretaría de Turismo federal; programas para mejorar la seguridad, reglas fiscales claras para obtener los comprobantes a los que se tiene derecho; empresas con tecnología de punta que ofrece lo mejor. Sí, en el discurso contamos con todo eso y más, pero en la práctica no siempre es así, pareciera que vivimos en un país de utilería donde existen las cosas, pero en realidad no sirven, son como de mentiritas.

Correo: garmenta@elfinanciero.com.mx

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