Opinión

¿Esto no puede pasar aquí?

 
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El millonario Donald Trump, aspirante a la presidencia de Estados Unidos. (Reuters)

Me enteré tarde: “que vivas tiempos interesantes” no es una fórmula convencional de buenos deseos sino una maldición china. Lo deseable es la calma. En los tiempos “interesantes” ocurren los temblores, las tragedias, la feroz lucha por el poder. Desde el martes pasado, día en que se decidió la elección en el país del norte, vivimos “tiempos interesantes”.

México en particular, pero en general el mundo entero resentirá la llegada del histrión al pináculo del poder. Pocos lo vieron venir. La explicación aún no es clara. Unos la atribuyen al desempleo (cuando entre los blancos es del 4.5%, por debajo del promedio nacional), otros a la cultura (lo “políticamente correcto” como olla de presión que finalmente explotó), otros más al neoliberalismo, a la demografía, al racismo o la misoginia. Paul Krugman, economista talentoso, confiaba la noche triste: “la gente como yo no entendemos en qué país vivimos.

Pensábamos que la gran mayoría valoraba las normas democráticas… estábamos equivocados”. La sorpresa de despertar en un país diferente al que pensábamos es equivalente al horror de mirarse por la mañana al espejo y no reconocerse. ¿Qué país es este?

Ya Tocqueville en 1835, en La democracia en América, había previsto el peligro que representaban los votantes cautivados más por la superficie que por la sustancia. Exactamente 100 años después, Sinclair Lewis imaginó en su novela Esto no puede pasar aquí el arribo al gobierno norteamericano de una mezcla singular de fuerzas populistas y de extrema derecha. Fascistas disfrazados de demócratas llegan a la Casa Blanca. Más recientemente, Phillip Roth en La conjura contra América escribió una novela contrafactual en la que el célebre piloto Charles Lindbergh, conocido por su difundida simpatía por el gobierno nazi, llega al poder a principios de los cuarenta y la nación deviene rápidamente en una dictadura fascista como las que gobernaban la mayoría de los países europeos en ese momento.

Nadie sabe a ciencia cierta lo que va a pasar. Los instrumentos que teníamos para medir el sentir popular (las encuestas) sufren un descrédito profundo. Nos enfrentamos, sin más, a la Historia, a lo “implacablemente imprevisto” que señala Roth. Sin embargo, no podemos abandonarnos a lo incierto como una fatalidad.

Algo de experiencia hemos acumulado como especie y sabemos ya qué pasa con los gobiernos conducidos por los demagogos. Tenemos alguna noción sobre lo que ocurre cuando se cimenta la base del poder desde el odio y la exclusión. No importa que al principio Trump adopte políticas menos extremas, lo hará porque quiere que la oposición disminuya su protesta. Más tarde es probable que logre que se aprueben severas leyes antiinmigrantes (tiene el control de ambas cámaras). Después…

Lo que definitivamente no podemos esperar es que el demagogo impulsivo, con el mayor poder del planeta aún con todo y los contrapesos democráticos, por si solo se modere. Eso no va a ocurrir.

No nos engañemos, se aproxima un gobierno vecino con tintes fascistas. Surgirán fuertes tensiones internas en Estados Unidos: no han cesado desde el día de la elección hasta hoy las manifestaciones en diversas ciudades norteamericanas y en California resurgió con fuerza la idea de separarse de la Unión. No sería extraño que en México aparezca, por un lado, un movimiento nacionalista que se alimente de los desdenes y agresiones del país del norte, y por el otro, un movimiento de simpatía y colaboracionismo, que llame a negociar, a contemporizar y a tolerar los desplantes de nuestros vecinos. ¿Qué quieren construir un muro? No hay problema, se trata de una nación soberana y puede hacerlo. Sin duda, pero no con nuestra ayuda.

El 10 de octubre pasado, en estas páginas, profeticé que Trump no sería presidente y me equivoqué. Pido a los lectores me disculpen. En mi descargo, recuerdo también que concluí mi artículo de aquel día con una cita de Aron James: “¿Quién es lo bastante estúpido para dar por supuesto que es posible dominarlo?”.

Un gran deseo de cambio impulsó a los norteamericanos a votar como lo hicieron. Un deseo tan poderoso que se sobrepuso, para muchos indecisos, a la repulsión por las actitudes de su candidato. El rechazo a la corrupta clase política norteamericana los llevó a optar por el cambio sin darse cuenta de que éste puede ser regresivo: un cambio para mal.

Imposible no ver ese rechazo visceral a un sistema político viciado sin voltear hacia los pobres resultados de nuestra transición. Imposible no pensar que ese rechazo antisistémico también se va a expresar aquí con fuerza. Los liderazgos carismáticos con tintes religiosos estarán a la orden del día. Los que conocemos y los que están por venir. Nos esperan tiempos nuevos, de furia y estrépito, tiempos, a no dudarlo, muy interesantes.

Twitter:@Fernandogr

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