Opinión

Estereotipos de género (primera parte)

 
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Bride with no dreams. (Shutterstock)

Los estereotipos de género son producto de una ideología que afirma la exclusividad del instinto maternal y sus derivados: crianza, maternidad y cuidado de la vida; y que describe a los hombres con un incontrolable instinto agresivo, que los lleva a luchar por ser los más aptos y a dominar en la naturaleza y en la sociedad.

Las mujeres son “naturalmente” más débiles y por ello se someten al mando y a la dominación. Los hombres tienden a la violencia contra las mujeres, también por naturaleza. Todos creemos en alguna medida estos mitos, aunque no correspondan a los hombres y las mujeres reales que conocemos o que somos.

La misoginia comienza en el hogar, con el adiestramiento, la educación y la disciplina permanente sobre cómo debe ser una mujer o un hombre. En algunas familias, es una práctica normalizada e invisible, por ejemplo cuando se dan todas las oportunidades a los hombres de la casa y a las mujeres no. También cuando una madre agrede a su hija diciéndole que con ese carácter nunca conseguirá marido, como si se tratara de la máxima aspiración de la hija, cuando es un ideal cultural que le pertenece a la madre. O padres que hostigan a sus hijas por su forma de vestirse, que las sobreprotegen creyendo que así les comunican que las aman, cuando lo que transmiten es desconfianza en las capacidades de la hija para cuidar de sí misma. Que las acompañe alguien porque no pueden salir solas, es un miedo comprensible pero también una creencia misógina. Hombres que controlan a sus mujeres a través del celular, para monitorear en dónde están, con quién, a qué hora miraron sus teléfonos por última vez, como actos de dominio para calmar sus propias inseguridades, tratando a las mujeres como cosas de su propiedad.

Algunas pacientes mujeres lloran amargamente la crueldad de sus madres, sintiéndose doblemente agredidas pues esperarían algo de solidaridad de género. Madres sádicas que parecen alegrarse de que sus hijas hayan terminado una relación amorosa, porque así prueban su argumento de que la hija es insoportable. Otras que no cesan de preguntarle a sus hijas mayores de 25 o 30 si no piensan tener novio, casarse o hacerlas abuelas algún día, volviéndolas invisibles y no reconocidas por sus propios valores y cualidades sino en tanto logren captar la atención de un hombre y sean capaces de reproducirse, para que ellas, mujeres de ideología conservadora, puedan sentir que las educaron bien. La maternidad sigue siendo un “mandato compulsivo, estructurante, del destino de las mujeres” (Lagarde, 2012).

Las mujeres aparentemente no conservadoras, también suelen sufrir choques internos entre la cultura dominante y el camino que han elegido. Sin darse cuenta, adoran a sus parejas en vez de sólo amarlas. Reverencian al novio en lugar de tenerle una admiración moderada. Sirven a sus maridos en vez de promover la colaboración, porque con ese modelo crecieron o porque aún hoy, el mito de la mujer servicial y cuidadora no termina de romperse.

En 1948, Simone de Beauvoir afirmaba que “las mujeres son seres para los hombres”. En el nivel de la razón, una afirmación así en la actualidad podría parecer exagerada y hasta ridícula. En la vida cotidiana no lo es y sigue existiendo en la mente de muchas mujeres, la obsesión por el amor de un hombre, la idea fantasiosa de que una pareja vendrá a rescatarlas de la desolación que viven porque no saben disfrutar su soledad, el sentimiento de culpa cuando sus relaciones amorosas son insatisfactorias, pensando que todo se debe a que ellas no han sabido amar (adorar) suficiente a sus hombres.

Recuerdo a una joven mujer que me consultó hace tiempo, porque había terminado un largo noviazgo y se sentía perdida en el mundo. Al enfrentarse a la soltería, se dio cuenta de que había construido toda su red de relaciones y de significados, alrededor de la relación con su expareja. La ruptura fue difícil de superar, pero algunas de las conversaciones que sostuvimos en esos meses, apuntaban a que se había olvidado de sí misma, de sus proyectos, ilusiones y asuntos personales, con tal de compartir su vida en pareja. Hoy no tiene novio ni tampoco ganas de tenerlo y está muy contenta, avanzando en sus estudios de posgrado, viajando con amigas, planeando su salida de la casa de sus padres, teniendo romances cortos y sin compromiso, pasando del nihilismo amoroso a las ganas de disfrutar su vida, con o sin pareja.

Sus padres están al borde del infarto. Pronostican una hija soltera para siempre, que les significará un fracaso. Hace unos meses, a ella le dolía el dolor de sus padres, hasta que logró ponerse en el centro de su vida, utilizando su imaginación y su energía para responder a una sola pregunta: “¿Qué quiero yo?”.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

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