Opinión

Estado y derechos humanos

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ayotzinapa. (Natividad Ambrocio)

Tanto la investigación inacabable acerca de la tragedia de Iguala, como la liberación de criminales por errores de procedimiento, vuelven a poner a discusión pública el tema de derechos humanos. Como ha ocurrido por años, muchas personas están convencidas de que los derechos humanos sirven de excusa para no impartir justicia, dejando en el desamparo a las víctimas de delitos. Por eso, creo, vale la pena dedicarle unos minutos a esto.

La idea de que las personas tienen derechos por el mero hecho de ser personas, y que el Estado no puede vulnerarlos, es moderna. Aunque puede uno encontrar algunos preliminares, los derechos humanos son un invento del siglo XVIII, en Europa, que enfrenta la idea entonces hegemónica de que el Estado era superior a las personas, y podía abusar de ellas sin límite. Así, el proceso de concentración de poder que destruyó a la nobleza y dio como resultado al monarca absoluto (en los siglos previos) dio un giro que redujo a éste a subordinado del pueblo, que fue el que concentró todo el poder, que delegaba en sus representantes, pero del que mantenía un nivel básico de dignidad y libertad: los derechos humanos.

Como hemos insistido en muchas ocasiones, este concepto depende del gran mito fundacional de la modernidad: todos somos iguales. El proceso de construcción de ese mito, su aplicación en la eliminación del poder de la nobleza y el monarca, y su transformación en el Estado de derecho, requirió de siglos para lograrse. Yo prefiero fechar su inicio con la Reforma, en 1517, y su fin con la I Guerra, 1914. Casi cuatrocientos años de enfrentamientos, violencia, sufrimiento, que dieron como resultado lo que ahora llamamos países desarrollados. Países que tienen un Estado fuerte, limitado por la ley y responsable frente a sus ciudadanos.

América Latina no estuvo en ese proceso. Los primeros dos siglos estuvimos fuera, no queríamos la Reforma. El tercero (las reformas borbónicas) se enfocó en concentrar el poder en el monarca, y el cuarto fue ya de independencia, porque la invasión napoleónica en España amenazaba con trasladar a América esas invenciones: los
derechos humanos, la democracia, el imperio de la ley. Para eso nos
independizamos, para que eso no llegara aquí. Y no llegó.

Nosotros realmente empezamos a sumarnos a ese proceso de modernización a fines del siglo XX: de eso se trata la transición a la democracia en toda América Latina, por eso el énfasis en el tema de Derechos Humanos frente a las dictaduras de los años sesenta y setenta. México llegó todavía más tarde al proceso, y no llevamos ni 20 años en esto. Algunas de las instituciones creadas en el tiempo del gobierno autoritario ni siquiera se han modificado. Entre ellas, destacan las relacionadas con seguridad y justicia. Recuerde que se creó la Comisión de Derechos Humanos apenas en 1992, pero es sólo a partir de 1999 que es realmente autónoma. Las procuradurías y policías prácticamente no han cambiado. Las Fuerzas Armadas sí lo han hecho, pero al mismo tiempo han tenido que realizar actividades para las que no fueron hechas.

La causa de la tragedia de Iguala, y de la liberación de criminales, me parece que es la misma: un Estado débil, con instituciones inadecuadas, con personas formadas en las tradiciones autoritarias. El Estado no pudo reaccionar frente a la masacre de estudiantes por parte de criminales y policías municipales. El Estado no puede construir casos sólidos, y los jueces liberan a los criminales.

Cambiar esto requiere muchos más recursos de los que hoy destinamos (el triple), leyes que controlen al Estado (Sistema Nacional Anticorrupción), y formar recurso humano diferente (una generación). Usted dice cuándo empezamos.

​El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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