Opinión

Estado o mercado: el falso dilema

06 noviembre 2013 5:2

 
¿En lo económico, eres liberal o estatista? Me preguntó recientemente un amigo.
 
Yo le respondí, eludiendo la disyuntiva y parafraseando la vieja frase que usó la socialdemocracia: tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario.
 
 
En la discusión del paquete económico de 2014 se ha vuelto a plantear el viejo debate de si el mercado debe regir la economía o si el Estado debe predominar. Falsa disyuntiva.
 
 
Algunos incluso han ido más allá y han planteado que el paquete fiscal que dará más recursos al Estado es un signo del retorno a la era del estatismo que vivimos en México por muchos años y especialmente en la década de los 70.
 
 
Siempre he creído que la disyuntiva entre Estado y mercado es falsa.
 
 
No hay ningún país del mundo en el que opere el mercado sin Estado. Y tampoco ya quedan países en los que la planeación central haya reemplazado al mercado, si es que alguna vez existió alguno.
 
 
Tampoco hay ninguna regla universal de lo que es más conveniente.
 
 
Hay países en los que el Estado es omnipresente, tienen altos impuestos y enorme gasto público, y son de los más productivos y exitosos del mundo, como los escandinavos.
 
 
Pero también hay naciones en las que hay bajos impuestos y un peso relativamente menor del gasto público, como Singapur, que son altamente competitivas.
 
 
Por ejemplo, Noruega, el país con el índice de desarrollo humano más alto del mundo, tiene un gasto público que equivale al 40 por ciento del PIB, o Suecia, que también está entre los primeros, tiene un gasto público que llega casi al 60 por ciento.
 
 
En contraste, en el caso de Singapur, ese porcentaje es apenas de 16 por ciento.
 
 
En México, a veces el problema es la debilidad y en otros la obesidad… del Estado.
 
 
Cuando se han presentado procesos de privatización, uno de los problemas que ha existido en nuestro país es la anemia regulatoria.
 
 
Otra historia hubiera sido si en telecomunicaciones o en el sector financiero hubiéramos tenido reguladores fuertes y eficientes en la segunda mitad de la década de los 90.
 
 
No fue así y la falta de Estado –en ese caso- dio lugar a un mercado que no fue funcional al interés de la mayoría. En telecomunicaciones se trasladó el monopolio público al privado; en el sector financiero, los nuevos banqueros en gran parte, hundieron a sus instituciones.
 
 
Es inimaginable en México pensar en que no haya educación pública o al menos educación financiada con recursos públicos, que si funcionara bien, sería el mecanismo más eficiente para avanzar en la equidad y la productividad.
 
 
Pero también es cierto que en otras áreas hay obesidad.
 
 
Hay casi 2 mil 800 maestros que no dan clases por estar comisionados al sindicato.
 
 
Pero también hay decenas de miles que tampoco están frente al aula porque andan en las movilizaciones.
 
 
El gasto público que requieren es de lo más improductivo y genera obesidad en los presupuestos del sector.
 
 
El éxito de las naciones no deriva del tamaño del gasto público o del nivel de recaudación.
 
 
Bajos impuestos no implican necesariamente mayores niveles de inversión, como a veces se pretende. Ni tampoco un elevado gasto público garantiza la calidad de la infraestructura.
 
 
El tema de fondo tiene que ver con dos aspectos: la calidad de las instituciones del país y nuestra cultura.
 
 
Conozco a muy pocos que pudiendo pagar menos impuestos, no lo hagan. Hay toda una industria dedicada a encontrar los resquicios legales para pagar menos.
 
 
Pero, igualmente, son muy pocos los servidores públicos que no quieran tener en sus manos más recursos y más capacidad para ejercer el poder, para obtener más influencia y espacio en el ejercicio del poder.
 
 
Menos privilegios fiscales y más transparencia y rendición de cuentas, son cambios institucionales que se requieren.
 
 
Pero ahora viene lo más difícil: cambiar la cultura. Ojalá lo logremos.
 
 
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