Opinión

¿Estado fuerte o clase política fuerte?

Dr. César Vélázquez Guadarrama*

La llegada al poder de Enrique Peña Nieto y el PRI vino acompañada por la idea, no falsa del todo, que el Estado mexicano era débil y que no tenía la capacidad para enfrentar los llamados poderes fácticos como el narcotráfico, diversos sindicatos o los grandes empresarios.

Ante esa situación, el Pacto por México tuvo como uno de sus lemas que la unión de los principales partidos políticos era necesaria para modificar las reglas del juego en favor del Estado (y según ellos de la sociedad).

Al igual que muchos otros mexicanos celebro la concepción original de esta idea, pero considero que en el camino se está confundiendo un Estado fuerte con tener gobiernos y partidos políticos ricos, con un sistema electoral y político cerrado y con una sobreregulación en casi todos los ámbitos de la vida diaria, todo lo cual está generando una sociedad aprisionada para innovar y e influir en la toma de decisiones en materia de política pública.

La reforma electoral del año pasado permitió las candidaturas independientes y la reelección de diputados y senadores, pero ambas medidas han visto reducido su impacto ante las enormes dificultades para que un candidato independiente se pueda registrar y al obligar al legislador que quiere reelegirse a hacerlo por el mismo partido que lo postuló originalmente
. Además, al parecer la reforma electoral implicará el año entrante más de mil millones de pesos más para el INE, los órganos estatales y los partidos políticos. Por otro lado, la legislación ha hecho que el monto de información relevante que recibimos los ciudadanos durante las campañas electorales sea cada vez más reducido pues prácticamente es imposible criticar a un candidato. Dudo mucho que todo lo anterior incida en un sistema electoral más competitivo y que responda a los ciudadanos.

De igual forma, la idea de un Estado fuerte se ha juntado con una mala maña de los mexicanos que es la de crear nuevas leyes o modificar las ya existentes como solución a todos nuestros problemas. Ante las tristes y vergonzosas noticias sobre el bullying de los últimos días, ya muchos diputados quieren hacer una legislación especial. En el Distrito Federal ahora es necesario renovar la tarjeta de circulación cada tres años y los asambleístas quieren que todos los perros tengan un chip. En lugar de tener reglas simples que se puedan cumplir, la partidocracia prefiere leyes complejas que se traducen en burocracias más grandes y mayores costos de transacción para los ciudadanos.

Por otro lado, el hecho de que recaudamos poco con relación a otros países, parece, se ha transformado en la idea de que un gobierno que recauda e ingresa más recursos es un mejor gobierno. La reforma fiscal sólo estuvo pensada para recaudar más, no para crear un sistema impositivo que fuera equitativo y que promoviera el crecimiento. Mayor gasto público no implica necesariamente mayor desarrollo económico o menor pobreza, sobretodo en un país en donde la corrupción y los programas sociales con un uso clientelar no son la excepción.

En un Estado fuerte no hay impunidad; es un Estado en el que se respetan las leyes y que tiene la legitimidad suficiente para impedir el cierre de una avenida o el ataque a sus policías, no uno donde haya un mayor número de leyes o éstas sean más complejas. Un Estado fuerte es tener gobiernos eficaces y eficientes, no gobiernos ricos con cientos de programas sociales (Coneval ha registrado 278 programas federales, 2 mil 849 estatales y mil 883 municipales).

Pero no le podemos echar la culpa al PRI, pues al parecer todos los partidos políticos están muy contentos en este nuevo escenario. Si estuviéramos en clase de economía, diríamos que estamos ante una situación de colusión.