Opinión

Estado (agónico) de Guerrero

 
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Campesinos armados Guerrero (Especial)

Para Alejandro García Maldonado.

Uno. En el diagnóstico de Héctor Astudillo, nuevo gobernador, experimentado político, la violencia define la situación del estado de Guerrero. Sin embargo, en mi opinión, contenerla, reducirla, objetivo a no dudarlo por demás premioso, no cargará de futuro (un futuro civil, civilizado) su gestión.

Dos. Está, en primer término, el reclamo de una mezcla, para muchos incomoda, explosiva, de verdad y justicia. Muchos estados de la república se debaten, asimismo, en la violencia. Pero sólo el de Guerrero hizo posible la noche nazi del 26 de septiembre de 2014. Pese a tanta saliva y tinta gastadas, no huelga tener presentes sus antecedentes y secuelas.

Tres. Autoridades municipales al servicio de un cártel criminal, Guerreros Unidos; alcalde, José Luis Abarca, candidato de un partido nacional de “izquierda”, el PRD; alcaldesa más que pareja (admitámoslo), delegada estatal del mismo partido; matrimonio de tal suerte impune, frente a los poderes estatal y federal, que ya se aprestaba a una sucesión conyugal. Sobre Abarca pesaban, de tiempo atrás, certezas de criminalidad y enriquecimiento inexplicable.

Cuatro. Magma, el anterior, del más atroz crimen de Estado en lo que va (al garete) del siglo XXI mexicano. Caza de jóvenes en plena vía pública, sin que faltaran “daños colaterales”.

Cinco. Una incursión de normalistas de Ayotzinapa, supuestamente con vistas a la conmemoración, en la Ciudad de México, del 2 de octubre, desata una operación conjunta de narcos y policías municipales (de Iguala y de la vecina Cocula); operación a matar. No me detengo en las bajas, aunque subrayo, para que no lo devore el olvido (como devoró ya al heroico despachador de la gasolinera de Chilpancingo), el caso del joven desollado. Episodio macabro de la operación exterminio.

Seis. De fracaso, por cierto, deben juzgarse: el intento de no aceptarse la figura “desaparición forzada de personas”, suplantada por la de “secuestro”; el intento de borrar la participación de directivos del PRD en la fuga de la pareja Abarca-Pineda (¿o al revés?); el intento, en foros internacionales, de atribuir la matanza, en exclusiva, a Guerreros Unidos.

Siete. Pero del mismo modo que, violencia rampante y herida de Iguala, marcan desde el comienzo mismo a la administración Astudillo, se abren promesas que merecen su conversión en política pública estratégica. Destaco dos.

Ocho. De un lado, desmentir el equívoco amañado de que Acapulco es Guerrero; de otro, ligado al anterior, rescatar y promover poblaciones de valía histórica y patrimonial, más allá de la impotencia municipal (Taxco de Alarcón, por ejemplo).

Nueve. El cambio de mentalidad respecto a Acapulco, paraíso sí, pero paraíso devastado y no único, demanda empezar por la de la Federación (se supone que el 26 de septiembre de 2014, el presidente de la República, que no se aparecía todavía por Oaxaca, llevaba 18 visitas al puerto guerrerense).

Diez. Calamitoso ha resultado medir el desempeño del gobierno estatal en turno por el índice de ocupación hotelera de Acapulco (aún a costa de ocultar información climatológica, como se sospecha sucedió con el letal huracán Manuel). De ocupación hotelera y de cortes televisivos, más promocionales que informativos, en los que el entrevistado jura que sí, que todo está “chido.”

Once. En Taxco, ya mencionado, se cumplen lustros de la propuesta que un grupo (ciudadanos, expertos, empresarios, asociaciones civiles), viene haciendo de una declaración oficial de su Centro Peatonal. Espacio que mínimamente comprendería, de la subida escarpada a la Plaza de Armas, a la Plazuela de San Juan (ya señalada por cierto por la escultura sedente del Siervo de la Nación Morelos, realizadas por Paco del Toro). Pero si algo se ha escatimado, pese a promesas inúmeras, es la voluntad política. El Real de Minas también es Guerrero. Como Zihuatanejo, como Ixcateopan, como (puntos suspensivos).

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