Opinión

Estadística vs. instinto

     
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Hillary Clinton. (Reuters)

La campaña de Hillary Clinton será la primera basada totalmente en el análisis de datos y es ya, la más cara de la historia. Lo cual resulta contradictorio, porque esa herramienta busca reducir y hacer eficiente el uso de los recursos, especialmente la compra de tiempo en televisión, el rubro más oneroso. Si se cruza el perfil demográfico de los votantes con sus hábitos de consumo audiovisual, se pueden seleccionar los canales, horarios y programas en donde es más conveniente publicitarse.

Lejos quedaron los días en los que el encuestólogo era un personaje secundario, que permanentemente hacía pronósticos pesimistas y por ello, se le mantenía aislado para que no desanimara a la tropa.

Hoy la Dirección de análisis es el centro del sistema nervioso de la campaña: sus sensores permiten responder tempranamente a los problemas; sus simulaciones hacen posible experimentar con diferentes tipos de estímulos antes de emitirlos; sus modelos predictivos determinan el camino a seguir.

Lo que hacen más de cien matemáticos en el cuartel de Brooklyn es estudiar detenidamente toda la información que surge de los ratings de cada anuncio y cada aparición de la candidata; de los grupos de enfoque y de las encuestas de opinión y de intención de voto, segmentadas por características socio-económicas.

Estado por estado, distrito por distrito y calle por calle se valora cuál es la mejor forma de acercarse a los votantes (correo directo o electrónico, llamada telefónica o visita de promotor), los temas que les interesan y los argumentos que les convencen. Incluso cuándo hay que abordarlos: al principio o al final de la campaña (los que deciden en los últimos días).

La sofisticación de las correlaciones llega al punto de poner un determinado anuncio en una revista para los que tienen un gato en casa, porque se ha demostrado que son más susceptibles de votar a favor de quien se preocupa por el bienestar de los animales.

A través de modelos matemáticos se va midiendo el apoyo ciudadano y se van modulando las acciones para mejorarlo. La búsqueda de la eficiencia no se limita a reducir el costo de cada voto obtenido, sino que se extiende hasta el uso del tiempo y las actividades de la aspirante a ocupar la Casa Blanca.

Todo ha sido cuidadosamente examinado: su atuendo, su lenguaje corporal, su expresión facial. Se ha estimado el impacto de cada frase que tuitea o pronuncia. Se ha probado que no sea ambigua o tenga doble sentido, que no se pueda sacar de contexto o malinterpretar. Todo ha sido pre-construido: quién está con ella en el templete y quién en la primera fila; la iluminación y el lugar para los fotógrafos y camarógrafos; los carteles que se le entregarán a la entrada a los asistentes y lo que deberán gritar en respuesta a lo que diga; qué activista estará disponible para ser entrevistada por la prensa al terminar el acto y que declarará.

En teoría, gracias a los algoritmos, la ventaja de la señora Clinton debería ser clara. Sobre todo tomando en cuenta que su contrincante ni siquiera tiene un área de análisis en su equipo de campaña, que no llega a las doscientas personas. Aunque el partido Republicano ha puesto a su disposición sus extensas bases de datos, él no ha tenido interés alguno en aprovecharlas.

La realidad es que con tanto cálculo los geeks convirtieron a Hillary en un personaje frío, que no inspira empatía; alguien sobre-producido, que se ve falso; un autómata que hace siempre lo mismo.

Irremediablemente el contraste con la autenticidad de Sanders y la espontaneidad de Trump la ha perjudicado seriamente. A los admiradores del profesor de Vermont no les importó nunca que repitiera el saco o acabara despeinado. A los seguidores del magnate de Nueva York les gusta que se salga del script y diga la neta, aunque sea políticamente incorrecto.

Si Donald ve que alguna de las barbaridades que pronuncia se le revierte, simplemente al día siguiente lo matiza, se contradice o acusa a los medios de tergiversar sus palabras.

Los debates, que inician la semana próxima, quizá sean la última oportunidad para que Hillary deje de actuar como robot y se deje llevar por el instinto político que la caracterizó en sus inicios.

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