Opinión

Estabilidad, ruptura, estabilidad

Para Emmanuel, para Beatriz

En las mudanzas constantes de domicilio, quien sufre es la biblioteca particular, modesta o alejandrina. La mía, adición de capas (edades) culturales, de géneros, se desperdiga actualmente en la Ciudad de México, Taxco y Santa Rita Tlahuapan.

En una irreflexiva y violenta escapada (así eran, digo eran, irreflexivos y violentos, mis cambios de piel) abandoné mi morosamente acumulada biblioteca cinematográfica (la mía era una generación de película diaria). El “star system”: el Cine de Autor; la colección de cine de Difusión Cultural; monografías de Bergman, Fellini, Kurosawa; biografías del Indio Fernández, Lilia Prado, Luis Buñuel; la colección cinética de ERA; postales de divas; la entonces escasa reflexión (no defenestración, camino fácil) del cine nacional; teoría y lenguaje y géneros cinematográfico y etcétera.

¿Lo lamento? Sí, sí. Sólo deseo que acabara en buenas manos.

El libro de Lelia Driven, a quien hace tiempo no veo, sobre La Ruptura, el movimiento pictórico de los 60, lo leí de un tirón y un tiro. Incluso escribí sobre él en este periódico.

¿Dónde quedó? ¿Dónde encontrarlo ahora que su consulta me apremia? Ni idea. Una pérdida más. Otra raya al tigre.

Pero a lo que iba.

Grande fue mi interés ante la exposición, montada y bien montada (lo de curaduría me produce repeluz) en el MUAC. Cuando la desmonten quedarán, no obstante, las 600 y tantas páginas del libro-catálogo Desafío a la estabilidad / Defying stability (no presumo: tratase de una edición bilingüe).

Recuerdo que no fueron tersas mis relaciones personales con Rita Eder; menos las institucionales, cuando coincidimos en el Consejo Técnico de Humanidades. Pero no puedo menos que felicitar y celebrar su papel de Editora.

El mío, el de experto en las generaciones mexicanas del siglo XX, me ha permitido identificar dos revueltas culturales: la del Modernismo / Ateneísmo y la de los 60. Época, la primera, que reproduzco documentalmente (aunque, verdad es, más de una ocasión me he sentido transportado por la máquina del tiempo). Década, la segunda, vivida a fondo (en 1960, provinciano de ambiciosa curiosidad, yo tenía, ¡ay!, 18 abriles).

Varias claves me ha impuesto el estudio generacional.

Primera clave. Para la literatura, no hay individuos irreductibles, individualidades sí. Pero es la época la que marca a fuego vida y obra. Matriz a la que no escapan ni Sor Juana, ni Ruiz de Alarcón (disque mi paisano), ni Gutiérrez Nájera, ni Octavio Paz, ni José Revueltas, ni Jorge Ibargüengoitia retobón si los hubo.

Segunda clave. En las generaciones de impronta profunda (el Ateneo, la de Medio Siglo con Fuentes y Pitol como punteros) concurren dos constantes.

De un lado, la correspondencia de las artes (literatura, pintura, música, teatro, fotografía y, cuando empezó a haberlos, los “medios").

De otro, la conexión con el pensamiento, la ideología, el repertorio de ideas en combate (estéticas, políticas, sociales, filosóficas, etcétera).

Tercera clave. Dos medidas temporales se aplican a las generaciones. La de su propia vigencia que, contra la opinión del Generacionalista Mayor, José Ortega y Gasset (a quien no falta quien confunda con dos filósofos, Ortega y Gasset), bien puede durar más de los necios quince años, y la de su heredada huella trasgeneracional. De la del Ateneo no nos libramos. En cambio, soy de la opinión de que las cargas de profundidad de Estridentistas y Contemporáneos estallaron, digamos, en su propios campo, si acaso con una honda expansiva. La de los Estridentistas alcanza a la contracultural La Onda. La de Contemporáneos a la Generación de Casa del Lago (García Ponce y pandilla).

Cuarta clave. Múltiples son las formas de asociación.

Pues bien: en las claves anteriores, reposan, a fe mía, la Exposición y el Catálogo del MUAC: repaso a los procesos artísticos en México entre I952 y I967. El ECO incluido.

Seis son sus partes: Borramientos, Imaginarios, Corporalidades, Modernizaciones, Yuxtaposiciones y Nuevos Círculos.

Notas al vuelo.

La Cartografía de la explosión plástica de aquellos años (que bien podría aplicarse al teatro, a la literatura, al cine y a la música).

La evidencia de que en el imaginario de la Clase Media revestía más caché ser galerista que chef, abrir espacios para las artes plásticas antes que bistrós.

La irrupción de la Sonaja, Zona Rosa.

La entonces y ahora irrelevancia estética del mural de Felguérez en el Cine Diana (¡uf, qué tiempos!). Más tamaño que propuesta.

La nostalgia por íconos y lugares y episodios. Alejandro Jodorowsky (mi maestro en pantomima) y Pina Pellicer (mi compañera en Macario). Payton Place, en La Condesa, el puro despapaye. El Mural Efímero del chavo José Luis Cuevas.

¿De aquella revuelta sociocultural, las costumbres sexuales incluidas, nació un Nuevo Arte? En teatro, sí, y mientras cambiaron las condiciones de producción del cine, la literatura se inclinó a la experimentación y al Pop (díganmelo a mí). Pero, ¿la Ruptura aparejó una otra pintura mexicana, como por ejemplo el Muralismo en su momento, los veinte? Asunto a discernir.

Con esmerada compañía, recorrí la notable exposición.