Opinión

Esquizofrenia partidista

11 septiembre 2017 12:28
 
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Nava

Como la esquizofrenia, el discurso a fuego cruzado entre y desde los partidos, se caracteriza por alteraciones de personalidad que lleva a los actores a la pérdida del contacto con la realidad. Diálogo de sordos en el que cada uno repite su cantaleta sin afrontar lo que sucede y, peor, llevándose a la frágil democracia mexicana en una espiral descendiente que lleva a su crónico deterioro.

La izquierda fragmentada recoge sus pedazos y los entrega en amasiato electorero a una derecha descompuesta por las ambiciones de un presidente autócrata, que enarbola lo que pretende sea un arranque de dignidad, pero que en los hechos paraliza a las instituciones y las aleja de su función, que es hacer política en la cancha idónea de la deliberación pública: el Congreso.

Cuales retrógradas manifestantes de los que tanto se quejaban, ahora los panistas de Anaya toman tribunas, alzan carteles y condicionan el diálogo tras haber aprobado ellos mismos y con sus propios votos la norma que permitiría al procurador convertirse en fiscal. Ahora resulta que es un éxito haber violado la Constitución al impedir la instalación de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados. Además pretenden hacer valer sus estatutos por encima de la Constitución y las normas camerales, para expulsar a quienes disintieron del mandato unipersonal.

La inmunidad parlamentaria, desde la Inglaterra del siglo XIII, tutela las expresiones y, sobre todo, los votos de los parlamentarios.

Fernando Herrera, coordinador de los azules en el Senado, desatendió las ofertas de Emilio Gamboa por 10 horas, que con distintos nombres ofreció que alguien de la bancada panista presidiera la Cámara alta; Herrera ordenó a sus legisladores que no se presentaran a la sesión y con gritos de arrabal calificaba de traidores a quienes cumplieron con su deber. En términos normativos, la instrucción a los legisladores carnales, vaya paradoja, era no cumplir con lo previsto para la instalación de la Mesa Directiva. Les parece más importante una orden de partido que la Constitución, y cual esquizofrénicos, mantienen su postura de expulsar y linchar a la disidencia interna. ¿Y la democracia deliberativa? ¿Y los ideales liberales de Acción Nacional? ¿Y su tradición de sólidos juristas y magníficos parlamentarios? Nada, todo era una maniobra del PRI-gobierno para impostar al fiscal, incluyendo los millones de la familia de Anaya, quien se escuda en una demanda que dice presentó y que hasta que un juez resuelva, explicará los centenares de millones que le achacan. Esa no es la rendición de cuentas que tanto exige.

Probablemente consiga la expulsión de los cinco senadores que votaron por Cordero, pero tal violación de derechos político electorales se revertirá por cualquier tribunal que eche un ojo a la Constitución.

El PAN pidió además que el secretario de Gobernación interviniera para mediar la negociación en San Lázaro: ¿Y para qué sirve entonces la Junta de Coordinación Política? Todo al revés.

La exigencia frentista para que el Senado vote la iniciativa presidencial antifiscal carnal como condición para instalar la Mesa Directiva de los Diputados, equivale a buscar en el cuarto de al lado lo que está en el propio. Gritos, pancartas, consignas en flagrante incumplimiento de la Constitución y sus tiempos ¿Y el presupuesto? ¿Y la glosa del Informe?

Mientras tanto, AMLO rompe con uno de sus principales operadores ocultando método, números y fondo de la sospechosa encuesta. No oye, no ve, sólo manda su dedito. Actos anticipados de campaña que se suman a sus miles de spots que, junto con los de Anaya, violan las enredadas y barrocas prohibiciones de nuestras normas electorales.

El PRI celebra mientras se fragmenta la oposición. Los datos sobre corrupción, espionaje y demás escándalos cotidianos ceden la atención a los berrinches y dislates de diestra y siniestra. Tampoco oyen ni afrontan… y no hay necesidad. Los tricolores esperan la decisión del presidente para anunciar la unánime decisión de los sectores en nombrar a 'x' candidato.

En fin: las instituciones no bastan a los actores; las leyes no los limitan; la razón de ser de los partidos se esfuma en vulgares ambiciones personalistas que no toleran crítica ni disidencia (lo mismo AMLO que Anaya), y el país tiene de frente la elección más grande de su historia con la peor expectativa de conflicto, gasto y abuso, y sin embargo, los discursos vuelven a oírse alejados de la realidad; esquizofrenia pública que agota a una ciudadanía ajena, harta, alejada. 

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