Opinión

Esperpento

   
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Imagen de la ALDF (Cortesía)

El domingo se elegirán 12 gobernadores y varios cientos (o miles) de alcaldes, regidores y legisladores locales. Además, en el Distrito Federal, hoy llamado Ciudad de México, se elegirán diputados constituyentes, para darle forma al engendro que la izquierda peleó por tanto tiempo, que incluso olvidó para qué lo quería.

No es broma. La petición original, en los años ochenta, tenía mucho sentido porque en la Ciudad de México no se podían elegir los gobernantes, que eran designados por el presidente de la República. En la gran reforma electoral de 1996, que permitió la transición a la democracia, las cosas cambiaron para la capital: se eligió jefe de Gobierno en 1997, y a partir de 2000 los delegados. Aunque los asambleístas se elegían desde un poco antes, a partir de 2000 ya son prácticamente equivalentes a legisladores locales de cualquier estado, si bien había algunas áreas en las que no podían legislar, así como el jefe de Gobierno no podía designar a su jefe de Policía y su procurador sin anuencia del Ejecutivo federal. Nada de esto ha sido particularmente dañino para la ciudad. El único momento en que el presidente intervino directamente en la seguridad de la ciudad fue cuando Vicente Fox destituyó a Marcelo Ebrard como jefe de Policía, después del linchamiento de Tláhuac.

En materia financiera han habido más quejas. Primero, en la LVII Legislatura (1997-2000) hubo que hacer una gran cantidad de ajustes en el proceso de transición: reglamentos interiores de verdad, Ley de Participación Fiscal en serio, y terminar con Fobaproa para darle institucionalidad al rescate financiero. El PRD se negó a participar en el tema de Fobaproa, porque su presidente (AMLO) pensaba utilizarlo como arma política por varios años más. Como castigo, la federación se negó a autorizar un endeudamiento por 10 mil millones de pesos, como lo solicitaba el gobierno de la ciudad, y tan sólo aprobó mil 700 millones. Después, se trató de modificar la Ley de Coordinación para incrementar el porcentaje del Distrito Federal, y ha habido varios intentos de cobrar a la federación por ser el asiento de los poderes. Nada de eso ha servido mucho.

Así que la exigencia de contar con una Constitución propia perdió buena parte de su significado conforme se ampliaron los derechos políticos de los capitalinos, y se fueron acomodando los temas de seguridad y finanzas públicas. Ahora que hay nuevos arreglos en ambos casos (mando único mixto y ley de responsabilidad), ya es muy poca la diferencia entre el DF y el resto de las entidades. Es decir, ya no se gana nada.

Pero sí se ponen en riesgo muchas cosas: la coordinación con delegados, la recaudación, el mismo funcionamiento delegacional, y todo ello será para cumplir con un deseo de hace más de 30 años que en realidad ya se había cumplido. Pero ahora los constituyentes van a incluir en el documento todo lo que les pase por la cabeza, según escuchamos en los spots de radio. Así, en lugar de corregir la Constitución federal para hacerla más ligera, sencilla y aplicable, lo que haremos será construir una Constitución para la capital del país que será más pesada, compleja e inaplicable que la federal que hoy tenemos.

No parece que la elección haya generado mucha expectativa entre los votantes. Hay incluso quien considera que es preferible no asistir, para no convalidar el esperpento que producirán los elegidos. Para colmo de males, el partido que gobierna el Distrito Federal, y que promovió por tres décadas su obsesión, podría no tener el control del Constituyente. Eso lo decidirán los capitalinos este domingo, y lo platicaremos con usted la próxima semana. Lo que es un hecho, desde ya, es que no ganamos nada y arriesgamos mucho con este proceso.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.


Twitter: @macariomx

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