Opinión

Eso de hablar en público

Para Martina, cumpleañera.

Uno. Tengo dos hermanas, la mayor y la menor, de natural poderío oratorio. Una hija para la que entrar en escena es moverse cual pez en el agua. Y, ahora, una nieta elocuente y teatral. Singular población femenina.

Viene a cuento porque leí, no sé dónde, que una empresa trasnacional, llamada sin rebozo “Tecnología, Entretenimiento y Diseño” (TED), organiza donde usted pueda apoquinar algo así como 6,000 dólares (oferta: 5,500), series de presentaciones que reclutan a escritores en la espuma, líderes motivacionales, mercadólogos con sonados éxitos, animadores de Hoteles TP (Todo pagado) y ex mandatarios. El paquete incluye 50 charlas.

Aquí o en China. En Santiago, Washington, Berlín, Buenos Aires, Nairobi. Donde caiga.

Lo que importa es la constelación de “estrellas” (ignoro si admiten a ex presidiarios de altos coturnos), la audiencia de paga y la técnica.

El fogoso Clinton (pronto, a lo mejor, su ávida becaria), el burro de Aznar, el tatuado Gorvachov, Vargas Llosa parodia de Vargas LLosa y quien se le ocurra. ¡Ah, y creo, el méxico-norteamericano Ernesto Zedillo.

La disparidad temática de las charlas que organiza TED me recuerda los tacos de canasta, esa aportación chilanga, junto con las “Guajolotas”, a la cocina nacional fast food.

Sin que falten, desde luego, las enérgicas críticas a la superficialidad, frivolidad, inanidad de los ciclos. Saber desnatado. Úsese y tírese.

Dos. Una cuestión técnica, en efecto. Fórmula charlista que alguien (nunca falta) ha reducido a un Instructivo. Instructivo que juzgo de neo retórica.

Yo, proclive a leer todo escrito, sin que falten los papeles que me encuentro en la calle, le clavé gustoso el diente.

El autor del Instructivo TED, un tal Carmine Gallo, consultor (oficio esotérico si los hay), como todo investigador que se respete, examinó un conjunto de casi dos mil charlas; mismas que le llevaron a inferir 3 leyes y 9 principios.

Asimismo examinó el material videograbado y susceptible, con costo naturalmente, de consulta electrónica.

De ser exactas la leyes y precisos los principios sobre lenguaje, escenificación y persuasión, el éxito está asegurado. Baste señalar que una de las charlas (no se dice cuál) alcanza millones y millones de “visitas”.

Tres. Las tres leyes en cuestión, rezan: dispara al corazón del oyente, emociona si es posible hasta las lágrimas; brinda novedades, independientemente de que tu tema se caiga de añoso; y, por último, provoca la memoria del auditorio, consigue que tu intervención se recuerde pasados los días y aún las semanas.

Parece fácil pero no lo es. Lo que abundan son las conferencias que no prenden, que te lanzan a los brazos de Morfeo, que tienes olvidadas incluso antes de que el conferenciasta o la conferencista abran la boca.

Nada fácil, en verdad, emocionar, asombrar, influir en el recuerdo.

Cuatro. De los principios (9, recuérdese) dos atañen directamente al charlista. Primero, liberar al profesor que todos llevamos dentro; y, segundo, ensayar reiteradamente hasta dar con el inconfundible tono conversacional.

No cátedra: tertulia.

Otro principio atañe a la representación. Ser simpático al auditorio, sin necesidad de acudir al expediente del chiste por el chiste (y menos aún a la baja comicidad que tanto gusta a diputados y senadores y presidentes de partidos).

En cuanto al contenido de las charlas, se aducen tres principios: el intercalado de cuando menos tres “historias”; la búsqueda de temas nuevos o inesperados; y el manejo de asuntos que asombren sin chistar, que dejen al auditorio, además de con el bolsillo mermado, con la boca abierta.

Como procedimiento, ruego que se tome nota, contamos con dos recomendaciones que usted, sin quiere seguir el Instructivo TED, debe cumplir a cabalidad.

En primer término, valerse de imágenes visuales vía el recurso del “power point”; porque, se sabe, más se memoriza una foto que un párrafo.

En segundo, no salirse del tema. El respeto a lo que los abogados llaman “la litis” ata la atención de ambos, charlista y el auditorio. En otras palabras, no salirse de madre como le está pasando a los ríos del país.

Y, ojo, regla de oro: la duración precisa, ultra investigada.

18 minutos. Ni uno más,

Cinco. Meto mi cuchara. Por años enseñé “guionismo” en la Faculta de Ciencias Políticas de la UNAM. Y solía predicar dos mañas que, conjeturo, podrían enriquecer los 9 principios del TED aquí, con toda seriedad, traídos a cuento.

Primera. Dedica el guión en turno (tu charla), sin hacerlo expreso, a quien, en ese momento, amas. Si secreta, clandestinamente, enmjor.

Segunda. Dedica, también, tu guión (tu charla), sin hacerlo expreso, a quien, en ese momento abominas.

Seis. Concluyo que he aplicado con fortuna, de lo contrario no los recomendaría, leyes y principios del TED.

Anímese.

Aunque, la verdad, los 18 minutos los reduciría a I6, 45.