Opinión

Esgrima política

 
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Esgrima, foto temática. (Reuters)

Ante la frustración de aquel joven esgrimista que reclamaba a los jueces haber tocado primero a su adversario, su entrenador le sentenció: “para no tener que aclarar, es menester que el lance y el toque sean claros y no den lugar a dudas”.

La máxima tiene aplicación no sólo en el deporte, sino en la vida cotidiana y, particularmente, en el ejercicio de la política, en el que, cada vez con más frecuencia, la sombra de la duda, el recelo y la incredulidad está presente.

Una sociedad informada, consciente de los objetivos y alcances de las decisiones de sus gobiernos, con reglas del juego claras y con cuentas transparentes produce un intercambio social más armónico y demandará de sus dirigentes mucho menos justificaciones, cuando estos se conduzcan en el marco de esas reglas por todos conocidas y universalmente aceptadas.

Más cuando la dialéctica poder-sociedad se distorsiona o de plano se extingue, cuando las decisiones parecen obedecer más al capricho, a la ocurrencia o al interés particular, cuando las reglas sucumben al antojo, la sospecha aparece acompañada de desconcierto, animadversión y conflicto.

Como en la esgrima, la política demanda concentración, destreza y puntería, frases de armas audaces sí, pero nítidas y apegadas a las reglas, sin obviar, desde luego, las siempre recomendables elegancia y cortesía que abonan cumplidamente, a la indispensable legitimidad y simpatía del jurado.

La improvisación, la arrogancia y la obstinación, son contrarios a la racionalidad mínima que debe orientar la elección de una decisión por apremiante que sea, más aún cuando esta ha de afectar el presente y el futuro de millones de personas.

La adopción del curso de acción, del movimiento más adecuado en política como en esgrima, deben fundarse en el conocimiento del oponente y en las variadas posibilidades de reacción para ser claros y certeros.

El autor es catedrático de la Universidad Anáhuac México Norte.

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