Opinión

Escribir, hoy, en México

 
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El Festival de las Letras Europeas continuará este sábado en la Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México. (Cuartoscuro)

A mi seminario de edición crítica

Uno. En la memoria del Ateneo de la Juventud, hermandad que creo conocer, se jugaba al juego (galo) de escritores que escriben y escritores que no escriben. Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña y Martín Luis Guzmán, entre los primeros. Jesús T. Acevedo y Julio Torri, entre los segundos. Yo añado la categoría, muy de nuestro tiempo, le Leyes del Mercado supletorias de las Leyes de la Creación, de escritores que no escriben pero publican. Sin darse (darnos) tregua.

Dos. Aunque repelen estructuralistas y post-modernistas, toda Literatura tiene Nacionalidad. Y escriba, no escriba, o sólo publique, el escritor no puede escapar a sus condiciones nacionales de posibilidad. Rasgo que se acentúa entre nosotros. Válido, lo anterior, lo mismo para novohispanos que para decimonónicos, plumas del XX y del XXI (que va que vuela).

Tres. ¿Qué es México? Una de las naciones más antigua del planeta. Pero, a la fecha, mayoritariamente pobre, con todo y la agenda redentora de la Revolución; mayoritariamente ignara, con todo y Google y demás “motores de búsqueda”; mayoritariamente analfabeta, a secas o funcional, su lengua rehén de la televisión comercial. La Industria de la Conciencia más poderosa (más que la Iglesia, más que la SEP, más que la UNAM).

Cuatro. ¿Qué clase de escritor, escriba o no, o publique sin escribir lo que se dice escribir, produce México? Un dueño del tesoro del lenguaje y, en tanto tal, figura privilegiada, dado el estado mayoritario de ignorancia y banalidad masivas. Situación que no modifica el escaso número de lectores (hablo de literatura “seria”). José Vasconcelos, ateneísta retobado pero ateneísta a fin de cuentas, agente revolucionario en la educación, decía que nos aquejaban dos grandes males: la injusticia y la ignorancia. Competencia, la segunda, de la intelectualidad.

Cinco. ¿Se puede, en México, escribir para sí y para sus pares? Ni los Decadentes luego Modernistas, Nervo, Tablada; además de inquilinos de la Torre de Marfil, maestros de la crónica periodística; ni los Contemporáneos, “archipiélago de soledades”, y al mismo tiempo, editores de revistas (Torres Bodet, además político), críticos políticos (Cuesta), publicistas (Novo). Privilegiado poseedor del lenguaje, pobre de solemnidad o con buen sueldo, becado o en nómina académica, el escritor mexicano es figura pública.

Seis. No sorprende, entonces, que, salvo la poesía, aristocrática aun en manos Infrarrealistas, y el ensayo, que establece cierto derecho de admisión aun en manos populistas, los de la Literatura Mexicana sea géneros sociales. Gregarios. El teatro, la novela, el cuento; el reportaje, el documental, la entrevista; los episodios por sobre los estudios históricos.

Siete. Que unos, Altamirano, el Duque Job, Bulnes, Sierra, Reyes, Guzmán, Revueltas, Paz, Arreola, Rulfo, Fuentes, Pitol, Del Paso (por citar los más sonados), lo hagan en serio y a fondo; y otros, “mediáticos”, lo hagan para solaz de sus clientelas (influencia de la partidocracia); en nada cambia el estado de las cosas.

Ocho. En el México moderno y contemporáneo, el que surge de la Independencia de España, Imperio europeo (para unos del tercer mundo, para otros decadente pero grandioso; para unos teocracia que se suma a la indígena, para otros entre los que me cuento horizonte histórico común a América), el escritor mexicano, se debate, fatalmente, entre la Literatura, el Periodismo y la Historia.
 
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