Opinión

Escocia independiente

Desde la firma misma del Tratado de Maastricht en 1992, el acta formal de nacimiento de la Europa integrada, aparecieron en el mapa expresiones de distintos pueblos, regiones, países o provincias en el sentido de respetar su autonomía y alcanzar independencia plena.

Ya desde hace 22 años, las diferencias entres checos y eslovacos o de forma mucho más cruenta, los croatas, serbios y bosnios en la antigua Yugoslavia, tenían perfectamente claro que no podrían subsistir como nación en una Europa parlamentaria, unificada y con criterios y políticas comunes mucho más allá de los económicos.

Tal vez desde entonces o desde mucho antes Escocia, Irlanda del Norte, Cataluña o el País Vasco acariciaron la idea concreta y viable de una independencia real. Algunos optaron por la vía armada del movimiento nacionalista –como el complejo caso del ERI (Ejército Republicano Irlandés) o la ETA (por cierto emparentados)–. Otros caminaron por la senda de las garantías constitucionales y los acuerdos autonómicos.

Lo cierto es que la historia y el desarrollo de cada país ha sido distinto en este último cuarto de siglo, pero los vientos de independencia no se han disipado, por el contrario, se han avivado y fortalecido.

Escocia lleva poco más de 300 años integrada al Reino Unido. Con históricas y legendarias batallas que subyugaron el reino escocés al trono inglés, es una crónica repleta de símbolos, heridas, agravios y convivencia productiva.

La Escocia de hoy tiene 4.3 millones de habitantes, tiene un ingreso per cápita ligeramente inferior el resto de los británicos, sostiene un Parlamento propio hace apenas 15 años y ha sido la cuna de políticos laboristas –o de izquierda- por muchos años. Con la victoria de Tony Blair en 1997 y su permanencia como primer ministro por diez años, muchos escoceses ambicionaron el diseño de una política que combatiera las privatizaciones de los conservadores –Torys- en Londres. Pero eso no sucedió, sino que Blair mantuvo una política de centro izquierda, con un rotundo apoyo a programas sociales y creación de empleo, pero hizo a un lado algunas de las viejas banderas laboristas.

Hoy se dice que el indiscutible triunfo del Partido Nacional Escocés (SNP por sus siglas en inglés) primero en 2007 y después de forma absoluta en 2011, se debe en parte a esos virajes laboristas.

Los partidarios de la separación pretenden conservar la moneda –libra esterlina- permanecer en la OTAN y realizar una separación gradual y escalonada que les permita, por lo menos los primeros años, mantenerse en la Unión Europea. Las encuestas señalan una preferencia de 55 por ciento a favor de la independencia, pero surgen todos los días grupos a favor y en contra de salir del Reino Unido. De fondo es mucho más que un sentimiento nacionalista, que una pasión nacional por la tierra y la bandera: tiene que ver con condiciones de vida, empleos, seguros, pensiones y servicios.

Y es ahí donde nadie tiene la certeza de cuál puede ser el resultado. El próximo 18 de septiembre se realiza el referéndum en el que la población habrá de responder SI o NO a la pregunta: ¿Escocia debe ser una nación independiente? Y a partir de ahí, se escribirá una nueva página en la historia de esta isla y del Reino Unido que deberá replantear no sólo su bandera, sino tal vez hasta su nombre. El caso escocés es el primero de una Europa que se replantea hoy el reconocimiento de hipotéticos “nuevos socios” y que será sin duda analizado y estudiado como referente para el referéndum catalán de noviembre.