Opinión

Escala conflicto Unión Europea vs. EU por indicaciones geográficas

¿Es posible imaginar el comercio mundial reservando el uso de la palabra “hamburguesa” sólo para las empresas de Hamburgo? ¿O el “aderezo italiano”, o las “papas francesas” como exclusivas de los productores de esos países? La sinrazón de estos planteamientos es representativa del extremo al que puede conducir la batalla que en los foros internacionales se desarrolla entre la Unión Europea y Estados Unidos, para definir los límites al uso de indicaciones geográficas que tradicionalmente han sido utilizadas por todos, y que sólo recientemente se miran desde la perspectiva de que esas palabras “tienen dueño”.

La discusión pasa por la delgada línea que separa las expresiones “genéricas” de las que son indicaciones geográficas reservadas para los productores de una zona, bajo alguna de las figuras jurídicas que así lo permiten. Sin embargo, por tradición y postura, mientras que Europa favorece decididamente la protección de sus productos regionales étnicos, Estados Unidos, carente de este tipo de productos, pretende desconocerla. En medio, muchos millones de dólares forman el péndulo de la discusión internacional, que apunta como factor de quiebre entre ambos bloques en sus negociaciones bilaterales. Los productores estadounidenses, de hecho, ya han formado un grupo de defensa de sus intereses bajo la nomenclatura de “Consorcio de Nombres Genéricos de Alimentos”.

A nivel de postura oficial la enconada controversia encierra una paradoja de origen, atendiendo a la consabida posición que de manera radical Estados Unidos suele asumir en la defensa de los derechos de propiedad intelectual en todos los foros internacionales. Es, de alguna manera, una versión renovada de la viga en el ojo propio.

Si bien denominaciones como “champagne”, “cognac” o “prosciutto di Parma” han logrado respeto y exclusividad mundial bajo la figura de la Denominación de Origen, otras como “parmesano”, “feta”, “gorgonzola” o “bolognesa” siguen peleando por alcanzarla. El argumento es relativamente simple: si bien han sido empleadas como expresiones genéricas, su reversión como propiedad particular de los productores de esas zonas es factible, a partir de que se reconozcan como materia de protección y se establezcan plazos perentorios para que dejen de ser usadas por productores no autorizados.

A la luz de estas discusiones, México debería deshojar la misma margarita. De cara a la firma del Transpacific Partnership Agreement (TPP), nuestra industria alimenticia deberá manifestar qué le afecta y qué le beneficia de la adopción de un régimen completo de tutela de indicaciones geográficas. Saber si la protección de nuestros quesos Oaxaca, Chihuahua y Cotija, o de nuestros chiles jalapeño o el mole poblano, resulta un buen intercambio para el futuro. Lo que no es aceptable es que la simple inercia, o las fuerzas aliadas, decidan por nosotros.

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