Opinión

Es peligroso sacrificar el largo plazo por lo inmediato


 
La reforma fiscal propuesta por la administración de Enrique Peña Nieto ha despertado crítica. Parte de ésta es constructiva y señala deficiencias en la propuesta, otra es francamente absurda, cínica y reprobable.
 
 
Entendamos que hay muchos en México a los que sería imposible complacer. Cuando uno lee en Facebook o Twitter los ataques personales al presidente, al PRI, a miembros del gabinete, a los empresarios y a otros grupos, comprobamos que muchos viven en un mundo ficticio, irreal y profundamente dogmático.
 
 
En éste, por ejemplo, bastaría con eliminar la corrupción en Pemex para que esta empresa mágicamente se haga de tecnología de punta y genere las decenas de miles de millones de dólares que necesita para enfrentar su compleja frontera geológica. No entienden que, hoy por hoy, no existe empresa petrolera en el mundo que pueda sola.
 
 
Muchos en este grupo jamás se manifestarán a favor de cualquier acción que emprenda el PRI en el poder. Para quienes están en el extremo, Peña Nieto es un presidente ilegítimo, a pesar de haber recibido un triunfo electoral con margen inobjetable. No me cabe duda de que si el presidente caminara sobre el agua, éstos lo criticarían por no saber nadar. Muchos de quienes más critican no se dan cuenta de cuán contradictorio sería que tuviéramos un gobierno con la pulcritud y eficiencia de uno escandinavo, cuando tantos en México carecen de la más elemental cultura cívica, de formalidad, de seriedad, de honestidad, de disposición para trabajar duro y sacrificarse en aras de progresar, de un patriotismo real y no patriotero.
 
 
Seamos realistas, este es el gobierno que tenemos y al que tenemos que apoyar. No podemos darnos el lujo de hacer berrinche y tirar a la basura los próximos cinco años. Si se quiere que Pemex tenga más recursos para invertir y que el gobierno deje de ordeñar a esta empresa, el gobierno tiene que resarcir esos recursos con otra fuente y no hay muchas posibles. Mi crítica no es porque el gobierno pretenda incrementar la recaudación, critico las fuentes que eligieron. El IVA a alimentos y medicinas es detestable, pero eficiente. Una vez más, seamos realistas. Las propuestas para cobrarle más Impuesto sobre la Renta a “los ricos”, afectarán a la clase media y “los ricos” pagarán, en el mejor de los casos, marginalmente más. “Los ricos” tienen con qué pagarle a ejércitos de contadores y abogados, “los ricos” se amparan, “los ricos” pueden contratar a quien cabildee en el Legislativo en contra de impuestos que no les gustan. Pero también son “los ricos” quienes más gastan en alimentos y medicinas, en términos absolutos, no relativos a su ingreso.
 
 
¿Y por qué haremos que los pobres paguen impuestos sobre lo más básico? Porque si realmente son pobres, podemos asegurarnos de que existan los mecanismos para proveerles con alimentos y medicinas en forma claramente subsidiada. ¿Pero, por qué no cobrarle un impuesto a la compra de víveres que hacen en el supermercado para que coma Carlos Slim? En la misma línea, ¿por qué no debe pagar la gasolina para su automóvil y las Suburban de sus guardaespaldas a precio de mercado, sin subsidios? El subsidio a las gasolinas es absurdo, la gente pobre no tiene automóvil. Según datos del Imco, con lo que se despilfarra en este subsidio podría pagarse seguridad social para 20 millones de mexicanos y cubrirse la carencia de servicios de salud para diez millones. Puede utilizarse ese dinero para hacer mejoras profundas al transporte público. ¿No es ése un mucho mejor uso de esos recursos?
 
 
En los últimos meses ha resurgido el perene escepticismo sobre la incapacidad de emerger de las economías “emergentes”. Los países más prometedores como Brasil, Rusia, China, Turquía, la India y otros se muestran incapaces de vencer sus tradicionales cuellos de botella institucionales, no han podido hacer reformas de fondo y ahora, en un entorno mundial de bajo crecimiento (QUE ESTARÁ PRESENTE POR EL RESTO DE ESTE SEXENIO), esas deficiencias pesan y se notan más. No me cabe duda de que los países ganadores serán aquellos capaces de generar eficiencia en su gasto público para así no verse en la necesidad de asfixiar a sus economías con impuestos. Estamos a años luz de esa eficiencia. No podemos pagar un sistema electoral tan absurdamente caro, tener un partido político no puede seguir siendo el mejor negocio del mundo (pensemos que ahora, con Morena, López Obrador será el nuevo “niño verde” -más verde por el color de los billetes en su cuenta bancaria que por su vocación ecologista). El gasto social tiene que dejar de ser un sistema clientelar que alimente a intermediarios y caciques. Necesitamos un Estado mucho más pequeño e infinitamente más eficiente. Es imprescindible abatir la corrupción.
 
 
Como Brasil nos muestra, recaudar más sin gastar mejor es aún peor que recaudar poco, como México. Al menos, nosotros tenemos la esperanza de que podemos ser más eficientes, de que podemos asegurarnos de que no crearemos una cultura de dependencia del gasto público en paralelo con el incremento en la recaudación, como lo hicieron ellos. En términos relativos al tamaño de nuestras respectivas economías, Brasil recauda casi 60 por ciento más que México, pero con esos recursos han engendrado una colosal y pesada burocracia, y han alimentado una cultura que crecientemente mama del Estado. Lastres que jamás podrán quitarse de encima e impiden crecer. Las propuestas de pensión vitalicia y seguro de desempleo van, peligrosamente, en la misma dirección.
 
 
Por último, el gasto que proviene de incrementar el déficit fiscal es una forma extraordinariamente peligrosa e ineficiente para estimular la economía. Una parte importante de ese caro estímulo se perderá porque México ya no recibirá el incremento en su calificación de crédito que parecía inminente. Romper con una disciplina fiscal que se había mantenido, independientemente del partido en el poder, enviaba una sólida señal de seriedad que estamos por tirar a la basura. Eso se reflejará en un costo mayor de crédito tanto para el gobierno como para las empresas, en medio de un mercado crediticio mundial con tasas claramente al alza. ¿Queremos estimular la economía? Demos muestra de que construimos un Estado de derecho sólido en el cual se pueda invertir, generar empleo y hacer negocio con eficiencia y transparencia. Eso sería mucho más barato e infinitamente más efectivo.
 
 
A diferencia de muchos, creo que este gobierno cuenta con el talento y las condiciones para hacer reformas menos cosméticas y mucho más estructurales. Creo que se sorprenderían del apoyo político que provendría de que lo demuestren.