Opinión

Es peligroso fomentar
la autocensura

1
 

 

Autocensura

La polarización es un fenómeno que refleja la evolución de los medios de información. Hace veinte años, el acceso a información estaba limitado a diarios o revistas que se leían en papel y a los noticieros que se transmitían por canales de televisión abierta. Uno estaba forzado a escuchar opiniones que no compartía, y los medios a mantener cierta mesura.

En mercados con gran acceso a programación por cable e internet, como Estados Unidos, el contenido “polar” ha tenido enorme éxito comercial. Primero, porque ya no tienen que financiar la carísima presencia de las cadenas de antes, con ejércitos de corresponsales por todo el mundo generando contenido primario; ahora, se contentan con pagarle bien a tipos radicales que leen noticias y las “interpretan”, desde la comunidad de un estudio en Nueva York.

Un canal como Fox le dice a la derecha todo lo que quiere oír: que Obama es musulmán, que su programa de salud pública va a quebrar al país, que el racismo es cosa del pasado, etcétera. MSNBC, en el polo opuesto, dice exactamente lo contrario. El público hoy elige lo que ve, oye y lee. Hay poco apetito por escuchar la opinión opuesta. Eso se refleja en la plataforma de los partidos políticos, e incluso en la enorme penalización al político que concede y adopta posturas intermedias, buscando resultados.

En México, otra polarización crece. En un extremo, están los anarquistas camuflados, que no creen en políticos, empresarios, medios de información, reformas estructurales, partidos políticos o instituciones. En el otro, estamos quienes creemos que hay soluciones posibles y nos sentimos parte del problema, pero somos críticos de la debilidad institucional, corrupción, conflictos de interés, falta de transparencia, etcétera.

Quienes poblamos este lado, empezamos este sexenio celebrando las reformas estructurales que, lejos de ser perfectas, al menos presagiaban el deseo de buscar cambios de fondo. Sin embargo, nos vamos quedando sin argumentos que justifiquen el optimismo, conforme corroboramos que este gobierno “no entiende que no entiende” (frase acuñada por la revista inglesa The Economist).

Evitemos ser simplistas. No existe presidente posible que podría acabar con la corrupción o construir un Estado de derecho de un plumazo. En el mejor de los casos, el cambio será gradual. Lo único que podemos esperar es que se den señales de que vamos en la dirección correcta.

Éstas brillan por su ausencia. Se sientan precedentes peligrosos e insostenibles cuando tratan de resolver crisis como las sindicales (CNTE y SME) a billetazos. Fomentan escepticismo cuando nombran a personajes impresentables a las diferentes candidaturas locales y federales; también lo hacen cuando privilegian el favor a un amigo, Medina Mora, sobre la integridad de la Suprema Corte. Generan desánimo cuando nombran a un Secretario de la Función Pública que le reporta al potencialmente investigado. Provocan preocupación cuando, en pleno recorte presupuestal, llevan una comitiva multitudinaria de parientes y amigos a una visita de Estado a Londres. Y, pierden credibilidad local e internacional cuando crucifican (directa o indirectamente) al segundo crítico del presidente, pues antes de Carmen Aristegui, Pedro Ferriz sufrió un ataque despiadado.

No soy admirador de uno u otro. En ambos casos, creo que son comunicadores a los que les sobra valor, pero falta profundidad. Pero, me preocupa en sobremanera que en Los Pinos no se den cuenta del enorme daño que se hacen al fomentar la percepción de que censuran y castigan. Eso es propio de Putin o Maduro, no quieren estar en una categoría cercana.

Estamos en peligro de que, ante la evidencia, otros periodistas, columnistas y líderes de opinión pongan sus barbas a remojar y se autocensuren. El libre flujo de idea y de crítica es esencial, si no porque quizá alguien les diga lo que no han pensado, porque esa salida a la tensión social es indispensable. Ya no estamos en los setenta de Echeverría. Cuando los medios profesionales no hacen esa función, la harán blogueros y redes sociales, con mucho menor control de calidad o acceso a fuentes primarias de información. Los rumores y la desinformación crecerán. Subirá la crítica al presidente, con o sin razón; pero, también lo hará la fuerza de la calle.

Pocas cosas podrían ser más destructivas en el México de hoy que reprimir, de una u otra forma, a medios formales de comunicación, creando mártires, y al hacerlo vigorizar a un peligroso y desinformado activismo. Como oportuno recordatorio del ADN de éste en México, escuchemos con atención las declaraciones recientes de Dolores Padierna, vicecoordinadora de la bancada del PRD en el Senado, quien se pronunció a favor de un modelo chavista para México, y de que nuestro país apoye a la presidencia de Maduro.

Nos urgen señales para recuperar el optimismo. Cuando uno está en un hoyo, lo primero que hay que hacer es dejar de excavar, ojalá ya guarden las palas.

Twitter: @jorgesuarezv

También te puede interesar:
Con EU, nos falta estrategia y sobran complejos
EPN no entiende que el Estado importa
En educación, el mundo no nos va a esperar