Opinión

Es la legitimidad

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En aire que respiramos en al Valle de México está plagado por contaminantes en estado sólido, líquido y gaseoso. (Cuartoscuro)

En pasadas entregas comentaba con usted que la dinámica (social, tecnológica, económica) nos ha llevado a un cambio muy importante en la política que, creo, no hemos entendido aún. Por un lado, el centro de gravedad de los conflictos dejó de ser entre Estados para ocurrir entre éstos y los grupos extraestatales. Por otro, la diferencia izquierda-derecha dejó de tener sentido, conforme la proporción de trabajadores se ha reducido. En consecuencia, sufrimos una crisis de legitimidad que la Gran Recesión potenció, pero que venía de antes.

El poder, es decir la capacidad de lograr que otros hagan lo que uno quiere, tiene tres fuentes: la fuerza, los recursos y la autoridad. Puede usted obligar a alguien a hacer algo mediante la fuerza, usando recursos (sea ofreciendo dar o quitar, es lo mismo) o porque ese alguien cree que usted tiene autoridad para mandar. Esta última fuente de poder también se conoce como legitimidad. Al considerar que un gobierno es legítimo, sus indicaciones son seguidas sin necesidad de utilizar ni demasiada fuerza ni demasiados recursos. Es imposible que un gobierno sobreviva sin contar con legitimidad. Incluso las dictaduras más brutales han tenido alguna legitimidad, frente a algunos grupos de la sociedad, que les permitieron mantenerse en el poder.

Durante la mayor parte de la historia, la legitimidad de los gobiernos la proveía la religión. Por eso Constantino transformó al cristianismo en la religión de Roma, y por eso Isabel I hace tantos esfuerzos por consolidar el anglicanismo. Pero las religiones dejan de ser totalmente funcionales en los últimos siglos. En el XX, para ser más claro, son sustituidas por religiones laicas, que cuentan con proyecciones de salvación, de visión futura, con liturgias, figuras emblemáticas, cuerpos de intérpretes, y todo lo necesario para cumplir la función legitimadora.

En México, la Revolución Mexicana es la fuente de legitimidad de los gobiernos del siglo XX. Son los ganadores de las guerras civiles, pero además ofrecen la salvación y visión de futuro (la Revolución nos hará justicia), liturgia, santos (Zapata, Villa, etcétera), intérpretes. Esta fuente de legitimidad se consolida bajo Lázaro Cárdenas y se mantiene funcionando razonablemente bien hasta que a partir de 1965 empieza a fallar. El intento de Echeverría y López Portillo de resucitarla nos lleva a la peor crisis que hemos tenido, en 1982. Cuatro años después, se hace evidente la disputa por la nueva legitimidad, que llega al día de hoy.

Hoy no es posible legitimar al gobierno mexicano con la narrativa revolucionaria, porque ya no queda prácticamente nada de ella en la Constitución. Los valores y reglas de ese viejo régimen han desaparecido. No todos lo aceptan, e incluso López Obrador promete restaurar el viejo régimen (la Constitución de 1917) en caso de llegar al poder.

La legitimidad alternativa, la democracia liberal, tampoco convence a todos, especialmente porque carecemos del Estado de derecho indispensable para este sistema. Pero hay que considerar que en los últimos 30 años hemos desmontado la Revolución para establecer las bases de la democracia liberal. Estamos más cerca de ésta que de aquélla.

La coyuntura, me parece, obedece a esta disputa de legitimidades (hay otras, menos importantes, en la pugna). Distintos grupos interpretan diferente el mismo hecho, porque parten de su propia narrativa, que se corresponde con la fuente de legitimidad que asocian al poder. Y nos polarizamos, porque nos es muy difícil entender cómo es que los demás piensan. Creo que en eso estamos.

Twitter: @macariomx

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