Opinión

Es la gasolina, estúpido

10 febrero 2014 4:19 Última actualización 06 septiembre 2013 5:2

 Sergio Negrete Cárdenas
 
El principal estratega electoral del entonces candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Bill Clinton, acuñó en 1992 una frase para guiar la campaña: es la economía, estúpido. Simple y directa, pero al mismo tiempo abarcando un tema central que en mucho explicaría la victoria de Clinton.
 
 
Muchas complejidades, inevitables, serán parte de la reforma fiscal por desvelarse. Ojalá que uno de sus elementos, simple y potente, sea la rápida reducción a cero del subsidio a la gasolina. No sólo eso, sino que con urgencia lleve al impuesto especial de producción y servicios a los hidrocarburos a transformarse en un importante elemento de recaudación impositiva.
 
 
¿Ocurrirá? Los antecedentes no son para dar entusiasmo. Entre enero y julio el gobierno regaló por medio de ese subsidio, sobre todo a los grupos más privilegiados de la población, 69 mil 132.5 millones de pesos (visto de otra forma, 326 millones de pesos diarios). La cifra al menos es significativamente inferior a los 130 mil 490.1 millones obsequiados en el mismo período de 2012, pero sigue siendo gigantesca –y vergonzosa para cualquier gobierno que tiene decenas de millones de personas viviendo en pobreza. La cifra representó casi una cuarta parte del total recaudado por concepto de IVA. Y, por supuesto, se trata de un subsidio que además incentiva contaminar. No tiene, pues, defensa posible desde la perspectiva de equidad, finanzas públicas o ecología.
 
 
En este caso no cabe alegar que es necesario alcanzar un acuerdo en el seno del Pacto por México, o que se requiere una ardua aprobación legislativa. La responsabilidad está por entero en manos del Poder Ejecutivo, vía la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, como lo demuestran los aumentos centaveros a las gasolinas que se registran mes a mes (y que traducidos en lenguaje político se conocen popularmente como “gasolinazos”). Para un gobierno que proclama la eficiencia y el logro de resultados como rasero para ser medido, el camino era sencillo. Pudo, de hecho, ser una de las rimbombantes decisiones presidenciales anunciadas el primero de diciembre.
 
 
Excepto, claro, por el siempre presente “costo político” y la parálisis gubernamental que causa la palabra “gasolinazo”. No es casualidad que el subsidio (por el congelamiento del precio) iniciara en noviembre de 2005, con la mirada firme en las elecciones que tendrían lugar meses más tarde. ¿Cuánto ha implicado el subsidio de entonces a la fecha? La escalofriante cifra de 864 mil 222 millones de pesos. Entre las muchas comparaciones disponibles basta decir que con ese dinero se liquidaría, en su totalidad, la deuda externa del gobierno federal –y todavía sobrarían un par de miles de millones de dólares.
 
 
¿Cuál es el potencial recaudatorio de la gasolina? Basado en la evidencia reciente (antes de 2004, cuando no había subsidio) puede hablarse de 1.5 por ciento de PIB anual. Considerando que el subsidio incluso llegó a representar 1.8 por ciento del PIB en 2008 (la cifra en 2012 fue un igualmente vergonzoso 1.4 por ciento del PIB), es posible estimar que un par de puntos (incluso 2.5 por ciento) de PIB es algo perfectamente factible entre lo que se ingresaría y lo que se dejaría de regalar. Nada despreciable cuando se considera que la totalidad del ingreso tributario no petrolero del gobierno federal en el año 2013 ascendió a sólo 9.8 por ciento del PIB.
 
 
Gobernar es elegir. Para una administración federal que en semanas recientes parece haber perdido la brújula, un fuerte, eficaz (aunque impopular) golpe en materia económica representaría una señal de claridad y visión, aparte de una acción contundente a favor de las finanzas públicas, la equidad social y la ecología.