Opinión

Es en vano

 
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Padres de los normalistas encabezaban las distintas acciones por los seis meses de la desaparición de sus hijos. (Alejandro Meléndez)

Detrás de nosotros
dejamos un rastro de cadáveres.
A cuántos los quisiéramos resucitar
y darles su sol y su cantar y su sonrisa.
Nada hay que pueda ponerlos en pie
De algunos nos hemos traído el perfume,
pero ellos van en sus cajas negras
río abajo.
Lucía Sánchez Saornil
(1895–1970) poeta, militante
anarquista y feminista española

La noche del 26 y madrugada del 27 de septiembre de 2014 sucedió uno de los episodios más deleznables en la historia contemporánea de México. Tres estudiantes asesinados y la desaparición de 43, fue resultado del enfrentamiento de la Policía Municipal de Iguala, Guerrero, con estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa. Parecería que “tres” o “cuarenta y tres” no son cifras alarmantes, después de la anónima estela de muerte que desde hace casi diez años ensombrece a nuestro país; en la supuesta guerra contra el narcotráfico iniciada en 2006 por el presidente Felipe Calderón se contaron oficialmente 160 mil muertos y 20 mil desaparecidos entre 2007 y 2014. Oficialmente también se dejó de contar.

Pero la tragedia ocurrida en Iguala no se rindió a ser estadística, al contrario, le dio contexto, sentido, nombre y apellido a la ultra violencia. Se develó la descompuesta estructura sobre la que nuestro país intenta levantarse. Policías municipales, sicarios, grupos criminales, el exalcalde de Iguala José Luis Abarca, su esposa, la indolencia de las autoridades federales comenzando por el presidente Enrique Peña Nieto demuestran lo difícil que es discernir hoy entre autoridad y criminal, gobierno y corrupción, verdad y mentira, entre poder y locura.

La investigación de la PGR, rebosante de incongruencias y contradicciones, nada esclareció, sumando el cínico delivery del entonces procurador Jesús Murillo Karam que llamó “verdad histórica” a las conclusiones de tal investigación que culpaban al crimen organizado de la irrevocable muerte de los estudiantes. El reciente informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) de la CIDH nos deja con más preguntas que respuestas.

En octubre de 2014, en este mismo espacio escribía consternada cómo estamos haciendo de la sangre y la impunidad un elemento de nuestro día a día, asimilando la violencia como algo normal y cotidiano en nuestro país. Ahora veo que habituarse a la violencia no es la peor consecuencia, sino aprender a mirar con indiferencia el abismo que desde abajo nos engulle. Lo podemos llamar corrupción, pero se siente más como una enfermedad del alma. “Para el mexicano la vida es la posibilidad de chingar o de ser chingado”, dijo Octavio Paz en el Laberinto de la Soledad. Estamos sufriendo las consecuencias de esa deplorable “filosofía”.

A un año de la violenta muerte y la desaparición de los estudiantes guerrerenses, seguimos sin saber qué sucedió esa noche; seguramente nunca conozcamos la verdad pero eso no es motivo para olvidar. Esa madrugada todos los mexicanos miramos más de cerca ese abismo, mostrándonos lo cerca que estamos de un declive social infranqueable, y tan lejos del México que deseamos. Cada tiempo histórico tiene sus propios retos, ahora nuestro país nos exige ser los mexicanos que no hemos podido ser, libres de la idea del “chingar”, de regreso a la realidad.

Me disculparán los lectores si este día no escribo de arte contemporáneo. Me uno, como la mayoría de los mexicanos, al desesperado grito de los padres de los muchachos y su justo reclamo: ¿Donde están? ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!

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