Opinión

Errado hablar de más, inútil cerrar los ojos


 
El presidente Felipe Calderón hablaba en todo momento, lugar y circunstancia de la lucha contra el narcotráfico, la violencia y especies similares.
 
No importaba si se encontraba en una reunión de industriales, en una asamblea internacional o en una escuela primaria, el mandatario se refería a los desafíos, logros, dificultades y dolores de combatir a la delincuencia.
 
El presidente Enrique Peña Nieto no habla de la lucha contra el narcotráfico ni de la violencia. Si acaso habla de prevención, de educación, de la cruzada contra el hambre.
 
El primero nos saturó; el segundo prefiere que el tema pase a quinto término en la percepción pública.
 
El primero decía que no era su lucha sino la lucha de todos, pero no soltaba el estandarte; el segundo lo ha soltado. El primero era vocero de sí mismo y recurría al Twitter para dar la primicia de una detención o de un lamento por la tragedia más reciente. El segundo no es el vocero de la batalla contra la delincuencia ni quiere que sus principales lo sean.
 
El primero se dio tiempo de señalar a los medios como culpables de la imagen de México en el mundo. Era él, sin embargo, quien llevaba el tema de la violencia a las primeras planas de los diarios y a los principales espacios de Internet, radio y televisión.
 
El segundo no le dice a los medios lo que deben resaltar; prefiere poner sobre la mesa muchos y diversos temas.
 
Son 2 estrategias de comunicación.
 
La primera intentaba construir unidad en contra de algo, enaltecer la tarea gubernamental en materia de seguridad y reservar un espacio en la historia.
 
La segunda, aleccionada ya por el fracaso de la primera estrategia, prefiere la imagen de un México en paz y en construcción.
 
Entre ambas, parece más acertada la segunda. Siempre que no se lleve al extremo.
 
En buena hora que la violencia y la atrocidad no concentren la atención del país, pero no podemos ignorarla.
 
La realidad existe más allá de que se decida hablar o no de ella.
 
El maquillaje puede esconder algún defecto en la piel, pero no elimina el defecto.
 
La percepción puede o no percatarse de lo que sucede, pero no impide que suceda.
 
Cansados de tanta sangre en diarios y revistas, pantallas y móviles, la nueva estrategia fue un respiro. Pasamos 30 días antes de que alguna voz nos informara que el promedio mensual de muertes violentas se sostiene. Se hable o no de ella, la violencia persiste.
 
El reportaje sobre Acapulco -realizado por José Antonio Gurrea y presentado en estas páginas en 3 partes- es sólo una muestra de que la delincuencia sigue allí, tenaz, impertérrita, cruel e impune, con todas sus consecuencias, su poder destructivo, su injusticia, su sordidez, su olor a muerte diaria.
 
Hoy no hay dependencia gubernamental que informe de lo que sucede en materia de inseguridad y violencia. A las estadísticas oficiales se renunció en algún momento del sexenio de Felipe Calderón. Era mejor no hacerles el trabajo fácil a quienes gustan de analizarlo todo.
 
En esto se parece la estrategia del gobierno actual. No cuenta para no dar cuenta, en concordancia con la idea de que no existe aquello de lo que no se habla.
 
Se agradece la sensibilidad pero, sin llegar a la saturación padecida en otro tiempo, se agradecerá más la información real, la acción concreta, la atención a lo que preocupa a todos.
 
Inútil será cerrar los ojos.
 
Hacerle el vacío a la delincuencia es un acierto, pero hay que cuidar los extremos. No puede pretenderse que la imagen sustituya a los hechos.
 
Miles de seres humanos padecen hoy extorsiones, amenazas, agresiones, secuestros, trata de personas. Si quieren no hablen de ello, pero acaben con esta pesadilla.
 
Ni la palabra ni el silencio podrán ocultar lo que sucede y menos aún podrán transformar el acoso de una realidad que poco ha cambiado.