Opinión

Equivocarse

     
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Equivocarse es un proceso natural. (Shutterstock)

Desde niños nos educan para no equivocarnos. En la casa y en la escuela, premios para la conducta correcta y castigo para el error. Crecemos pensando y sintiendo que el camino debe estar libre de errores para recibir una recompensa por hacer bien las cosas. Si tendemos a la exageración, nos volveremos perfeccionistas, siempre insatisfechos, detectores implacables de defectos y fallas en uno y en los demás.

Somos ciegos frente a nuestros errores y los detectamos sólo después de cometerlos, sólo si somos capaces de autocrítica. Asumir que nos hemos equivocado no compromete la inteligencia, ni el amor propio, ni la imagen que tenemos frente a los otros. La peor persecución siempre es interna, pero como crecimos creyendo que equivocarnos y reconocerlo nos hace menos dignos de cariño y respeto, creemos que son los otros quienes nos persiguen.

Nuestra relación con el error define de manera importante los vínculos con los demás. Es tremendamente difícil relacionarse con alguien que siempre cree tener la razón, que descalifica a todo aquel que no piensa como él, que vive convencido de que los que no están de acuerdo con él son ignorantes, estúpidos o simplemente mal intencionados.

Lo que nadie nos enseña es que equivocarse es semilla de creatividad y de crecimiento. Cuántas cosas no han resultado como las planeamos y en el largo plazo las agradecimos.

A veces elegir un camino y equivocarse cambia la vida para bien, porque la vida es en parte la historia de nuestros errores, frente a los que podemos sentirnos culpables para siempre o decidir convertirlos en lecciones.

Enamorarse de la persona equivocada y haber tenido una mala relación le permite a muchos aprender lo que sí quieren del amor y a reconocer patrones destructivos de los que prefieren alejarse. Cambiar de carrera o de profesión es frecuente y surge de un error vocacional, que no es un fracaso sino una pausa y un ajuste del camino.

Gracias al error, encontramos nuevos senderos y nuevas formas de entender el mundo. Expandimos nuestra mente para entender que a veces simplemente no sabemos, no entendemos, nos sentimos perdidos, decidimos y elegimos como podemos.

La historia del error está formada de todo lo que nos hizo sufrir y que estamos convencidos no debió pasar, pero que con el paso del tiempo tal vez nos hizo crecer y ser menos torpes frente a las exigencias de nuestra vida. Las malas decisiones nos hicieron entender cuál era el camino que no queríamos. Haber sido destructivos con nuestra familia o amigos nos permitió entender que a la gente que uno ama la debe cuidar y no lastimar, y todo eso hubiera sido imposible si no nos hubiéramos equivocado.

Abrazar nuestra falibilidad es mucho más que resignarse a que a veces nos equivocamos sin darnos cuenta. Reconocernos falibles nos ayuda a domesticar los núcleos narcisistas, que nos dicen que somos brillantes, acertados y que los que están equivocados siempre son los demás.

Quizá no hemos sido capaces de entender que el error es necesario para desarrollar la creatividad y que es sorprendente la claridad y la fuerza que nos da el ser capaces de revisar y rectificar nuestras creencias sobre nosotros y sobre el mundo.

Los dogmatismos económicos, políticos y religiosos sólo han servido para dividirnos y para reducir nuestra capacidad para el análisis y la duda. La certeza de tener la razón nos seduce, pero las crisis que surgen de reconocer que fallamos son el camino más claro para crecer, aprender y humanizarnos.

Aceptar que no vemos la realidad como es sino como nosotros somos, y que exactamente por eso la probabilidad de equivocarnos es altísima, es útil para disminuir las obsesiones de perfección, el potencial de frustración y el deseo infantil de que todo ocurra de acuerdo a nuestros deseos.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa, así como conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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